Salones Epilogo

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Los problemas forman parte de la vida cotidiana. Para la solución de problemas existe un esquema definido por cinco pasos que ayuda a hacerles frente de forma eficaz. Eso ayuda a tener confianza en uno mismo y aumenta la autoestima.


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El primero es orientarse al problema, es decir, identificarlo, asumir que existe un problema y enfrentarse a ello. Decidir enfrentarse a un problema es un ejercicio en si mismo, supone un “paso de gigante” para su consecución. A veces puede costar mucho, semanas, meses e incluso años. Y en ocasiones, no se reconocerá en toda la vida. Pero, de nada sirve negarlos, la consecuencia de la “actitud de la avestruz” que mete la cabeza en la tierra es que, cuando la saca, se han complicado las cosas, se han generado más problemas añadidos puesto que la vida sigue su curso. Entonces, uno se da cuenta, toma conciencia y quisiera recuperar el tiempo perdido o quisiera volver al pasado para afrontar las cosas, pero ya es tarde. Se ven cuáles son las consecuencias y el daño causado a los de alrededor y de repente, se quieren arreglar las cosas pero por desgracia, muchas veces no es posible, al menos totalmente.

En este primer momento, tampoco es oportuno, actuar impulsivamente porque se pueden tomar decisiones erróneas. Conviene recapacitar, reflexionar, analizar el problema concreto dentro de su contexto y situación.


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Por tanto, subrayemos la idea de que la solución de problemas tiene su tiempo justo (timing).

En el segundo paso, definir y formular el problema, hay que recoger información relevante basándonos en hechos, no en suposiciones. En este momento, la objetividad, clarificar la naturaleza del problema, es fundamental. Hay que definir en qué punto se está y dónde se quiere llegar.


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Hay que localizar qué está mal, qué marcha de forma disfuncional y establecer la meta, es decir, cuál es la solución, eso si, siendo realista. En ese espacio, hay que determinar los cambios que mejorarían o arreglarían el problema y localizar qué obstáculos están impidiendo que se den esos cambios o los entorpecen.

En este segundo paso hay un ejercicio, en sí mismo importante, que es evaluar el impacto del problema en la vida y bienestar personal. Hay que preguntarse si el problema es realmente tan importante cómo parece para “invertir” la energía que requiere su solución o no lo es tanto y hay que aparcarlo o abandonarlo.


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El tercer paso se corresponde con generar soluciones al problema. En un primer momento, es deseable que se den el mayor número de posibles soluciones, aunque luego se haga un “cribado” y se eliminen muchas de ellas. Interesa este principio de cantidad porque el máximo de ideas propuestas aumenta la probabilidad de encontrar una buena solución. En ocasiones, se utiliza la técnica del brainstorming (lluvia de ideas) donde se proyectan y anotan todas las potenciales ideas que surgen, por muy sorprendentes que parezcan (principio de variedad). Y también se aplica el principio de aplazamiento de juicio, donde se aparca por completo el impulso a desechar cualquier idea por dispar que parezca. Valorar sus pros/contras y descartarlas se deja para el siguiente paso.

La toma de decisiones es el cuarto paso. Es momento de examinar las ideas propuestas, pedir opinión si se requiere, consultar, recurrir a experiencias anteriores donde uno mismo o personas conocidas han resuelto problemas parecidos.


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Durante el proceso de toma de decisiones, juegan un papel importante los dos hemisferios cerebrales, el izquierdo que es, principalmente el de la lógica, el que da razones y argumentos, aprueba o rechaza decisiones inconscientes y el derecho que se considera, fundamentalmente, el de las emociones. Las últimas investigaciones apuntan a que es el hemisferio derecho (emociones) el que tiene “la última palabra” en la decisión, pesa más en las últimas milésimas de segundo al elegir la alternativa de solución, parece ser que con frecuencia prevalecen los motivos inconscientes o los sentimientos.

Finalmente, hay que concretar el plan para la solución, probarlo y verificarlo. Este es el quinto paso. Hay que poner en marcha la solución elegida y ver si resuelve el problema o en qué medida lo hace. Si no se ha conseguido el resultado obtenido, hay que revisar todo el proceso anterior y ajustarlo hasta alcanzar el objetivo deseado que es resolver el problema.



Como se puede ver este esquema de cinco pasos no es para nada algo cerrado, sino que está abierto y en cualquier momento se puede volver a revisar o ampliar cualquier paso anterior. ¿Qué hacer en caso de bloqueo? Un buen aliado es el planteamiento “lo mejor en enemigo de lo bueno” que relaja la exigencia para encontrar la mejor solución. Hay que se realistas y pensar que puede no llegar a la primera y hay que seguir intentándolo. ¡Ánimo!

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