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Raúl tiene seis años. Hoy, hay partido de fútbol. Se encuentra sentado en el banquillo, ante la posibilidad de que le saquen a jugar. Sus emociones son de tremenda incertidumbre, angustia, ansiedad y miedo (aunque, lógicamente, no sabe ponerles nombre puesto que es muy pequeño). Se ve invadido por pensamientos del tipo – no soy lo suficientemente bueno – voy a fallar – los demás se van a reír de mi – van a pensar que soy un incompetente – no puedo soportar todo esto ¡es un horror! Estos pensamientos son de carácter absolutamente inconsciente, él no sabe que piensa esto (pero es importante que los adultos conozcamos lo que ocurre a los niños para poder ayudarles). Raúl sólo nota las emociones abrumadoras. Su respiración se agita, su corazoncito bombea con mucha fuerza… Y es posible que sienta otros síntomas de ansiedad como la distorsión del tiempo (se le puede hacer eterno el momento en que el entrenador le dice de salir), puede que difumine la imagen de las gradas (que no vea con claridad, sino borroso), tenga sudor frío, etc. Todo va creciendo, como una bola de nieve que cada vez se hace más grande, hasta que le llega la sensación de parálisis. El bloqueo le impide salir al campo, cuando el entrenador propone un cambio y le da su turno, el niño dice que no quiere salir. Se marcha a casa lleno de frustración y más tristeza.


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El ejemplo arriba descrito, refleja el esquema general que está detrás de la fobia social. En realidad, la respuesta emocional, de síntomas físicos y la conducta es exactamente igual en todas las fobias siendo, finalmente, evitación, parálisis y huída.

Como se ve, para Raúl, una situación neutra como jugar un partido de fútbol, que debería ser divertida, le despiertan las mismas respuestas mentales y físicas que si fuera una situación de peligro real. En su pequeña mente y cuerpo se ha despertado la respuesta de ansiedad.


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La ansiedad adaptativa (buena) es un patrón que se activa, en cuestión de milisegundos, ante situaciones de peligro real, como por ejemplo, oír un frenazo repentino, ver que un perro viene a atacar, etc. y predispone al organismo para reaccionar. La respiración y el corazón se agitan para llevar mucho oxígeno a los músculos que, al notarlo, se preparan para el movimiento (salir corriendo, ir disparado a buscar ayuda, etc.) El oxígeno es como la gasolina de los músculos. También hay otras respuestas como la sudoración, la dilatación de las pupilas, la distorsión del tiempo (parece que se ralentiza), etc. Todas estas respuestas nos ayudan a salvar las situación y ponernos a salvo.

¿Cómo pueden ayudar los papás a sus hijos cuando sufren este tipo de situaciones?


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Hay que abordad varios niveles; el pensamiento, la emoción, los síntomas físicos y la conducta.

A nivel de pensamiento, hay dos formas:


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1) En cualquier momento del día, cuando hablen de la fobia del niño, de su ansiedad, deben enseñarle a localizar sus propios pensamientos negativos. Tienen que alentarle a que diga qué es lo que piensa de si mismo o de la situación (es bueno que aprenda a etiquetar lo que piensa y siente) y después darle modelo de pensamientos más adaptativos, es decir, positivos, alentadores, de autoconfianza, etc. En el caso del niño del ejemplo, servirían algunos como – puedo confiar en mi mismo y hacerlo lo mejor posible, – he venido a pasarlo bien.

2) El día que el niño se tiene que enfrentar a la situación temida; en el caso de Raúl, el día que tiene partido, la cosa cambia por completo, las instrucciones son muy diferentes.


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Ese día, la incertidumbre sobre cómo lo va a hacer en el campo va a ser muy grande y va a crecer más y más según llega el momento. Aquí, además de los comentarios positivos del tipo – venga, ya verás que bien – que satisfecho debes sentirte si sales, etc. hay que enseñarle a aliarse con la incertidumbre, es decir, reconocer que a casi todos nos pasa que cuando nos enfrentamos a una situación nueva (más si hay gente) nos produce “nerviosismo”, que estamos algo tensos y tenemos dudas sobre cómo irá todo. No hay que negar los síntomas (emociones, dudas, tensión física) sino todo lo contrario, reconocerlos. Y aliarse a ellos aplicando lo que en psicología llamamos “la terapia del no lo sé, ya se verá” – bueno, no sé cómo van a ir las cosas… se tiene que ir viendo… ya se verá… tengo que ir valorando cómo jugamos mi equipo y yo… cómo se desarrolla el juego (depende de muchos factores)… a ver qué hace el equipo contrario y en función de eso que hace el nuestro… y qué hago yo…

Por otro lado, cuando esté tranquilito (no el día que va a jugar) valorar qué sería la peor de las consecuencias si él fallara o no lo hiciera perfecto cuando juegue. Si nos paramos a pensarlo, en realidad, no hay nada tan dramático en el fallo y desde luego, nada tan dramático como para no intentarlo.


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Emociones y síntomas físicos:

Enseñarle a etiquetar sus emociones y síntomas físicos, es decir, enseñarle que lo que siente en ese momento se llama ansiedad y se nota como una opresión en el pecho, por ejemplo.



Sería ideal entrenarle en la respiración. Si el fuera capaz de ralentizarla, entraría menos oxígeno en su cuerpo (recordemos que cuando llega mucho oxígeno a los músculos el cerebro dice PELIGRO!) Por ende, cuando se controla la respiración, evitamos que esta señal se active.

El entrenamiento en respiración debe ser practicado de forma diaria, hay que ser constante.

Conducta:

El sistema nervioso utiliza las mismas vías neuronales cuando imagina que cuando procesamos en tiempo real. Para entenderlo, hacer este pequeño ejercicio: Imaginar muy muy bien que vais al frigorífico, cogéis un limón muy muy fresquito, lo partís y le metéis un buen bocado ¿qué pasa en vuestra boca? Pues que se manifiesta la respuesta de salivación (la boca se llena de saliva tanto como si lo hiciéramos de verdad).

Es importante que le conduzcan a imaginar la conducta a instalar (salir al campo confiando en si mismo mientras disfruta jugando) muchas veces. Hay que hacerlo sólo cuando esté tranquilo, nunca cuando esté excitado. Los mejores momentos, dónde la imaginación alcanza su mayor potencial es en los estados de duerme-vela, es decir, justo cuando se despierta y poco antes de quedarse dormido. Que su cerebro vaya asociándola a la relajación, al cuerpo físico relajado, es decir, justo lo contrario de lo que a él le ocurre. Que estas imágenes vayan calando y calando en su pequeña mente.

Refuerzo positivo:

Cada vez que se atreva a exponerse a lo que teme hay que reforzarle un montón e incluso delante de la gente. Decirle que lo hace fenomenal, etc.

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