Salones Epilogo

periquito azul

A sor Amparo, la hermana más vieja del convento, las monjas jóvenes la engañaban. Ponían voz de falsete e imitaban al periquito que había en la casa. Cuando la mujer andaba por los pasillos, doblada por la edad, las monjitas le gritaban ¡Ponte derecha Amparo! Ella se lo creía. Menudo pájaro estricto que no deja que me encorve, pensaba.


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Cuando la avecilla murió, sor Antonia, la maestra de novicias, le inyectó alcohol y la puso en hueco de la pared del desván, tapada con un cristal. Al cabo del tiempo, cuando viniesen los albañiles a reformar esa pieza del convento, el pájaro estaba intacto.

Muchos años después, sor Amparo enfermó de puro vieja. Con casi cien años hubo que sacarla de la clausura y llevarla al sanatorio. Allí, a quien le quería oír, contaba que una vez en su convento hubo un perico que le ordenaba ponerse derecha.


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A las hermanas que se turnaban para cuidarla en el hospital la anciana les hablaba de su deseo de un periquito. Lo hacía con tanta insistencia que la comunidad a capítulo se planteó darle ese gusto a la decana. A pesar de la negativa de las madres más estrictas decidieron comprar el pájaro en una tienda del barrio. Telefónicamente realizaron el encargo en la pajarería, pero en ese momento no disponían de ejemplares de la austral ave. En quince días, a lo sumo, les harían llegar el pajarillo.

El alta de sor Amparo vino antes que el periquito al convento. Como las hermanas le habían dicho que cuando regresase iba a estar el bicho, nada más entrar pregunto por él. Le dijeron que en nada lo tendrían. Aquello hizo que la anciana monja se disgustase, pero solo un poquito.


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Ese mismo día, mientras las hermanas estaban comiendo en el refectorio llamaron con insistencia al timbre del convento. Sor Brunilda, la portera, al abrir se encontró con una señora del barrio que le daba un periquito azul, que según contó, llevaba toda la mañana en la puerta del cenobio.  Las hermanas tomaron aquello como un milagro. Anularon el pedido a la pajarería y metieron al nuevo huésped en una jaula.

Al poco murió Sor Amparo.  Desde que llegó, hasta que la anciana monja fue a reunirse con el Señor, el pájaro no despegó el pico. Después del entierro de la hermana se puso a cantar y a hablar y aún no ha parado.  A las monjas les da mucha alegría el periquito y cada vez que habla o canta les recuerda a sor Amparo. Creen que lo mandó la Divina Providencia y le han puesto Pepito.


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