Lotoazul

Una tarde de sábado. Veraniego, bochornoso. Tras media escasa de siesta, siente el cerebro embotado, aturdido. Odia al resto del género humano. Un fin de semana de bricolaje. Tal vez haya cosas peores, pero pocas.



Necesitan comprar algunas cosas. Optan por ir al centro comercial más lejano, durante el trayecto el aire acondicionado del auto les refresca y templa los ánimos. En el sitio se está fresquito. Compran casi todo, sin prisa. Necesitan una rasqueta para limpiar la placa de la cocina. Uno de esos mangos que llevan incorporadas cuchillas de afeitar.

Como las que usaba su padre, recuerda. Iban metidas en cajitas de 10, cada una de ellas envuelta en papel vegetal. El padre las ponía en el cabezal de la afeitadora, se abría girando el mango. Siempre le parecía la apertura de una nave espacial. Mientras desechaba las rasquetas, recordó que para afeitarse, los domingos por la mañana padre se echaba sobre los hombros una suerte de estola, de gasa, ridícula y con puntillas. Limpiaba la maquinilla en una jofaina, pequeña y desconchada. El olor a masaje era el de los domingos por la mañana.  Piensan en comandita, su mujer y él, que no les convencen los útiles rascadores del hipermercado. Van a los chinos de la carretera.



Llegan a lo que hasta hace poco ha sido un almacén de hierro, una nave inmensa, con la cubierta de chapa y sin aire. La entrada está avisada por un cartel de cartón, manuscrito, colocado en un pórtico. El piso de cemento. Hay largas filas de estantes con los géneros expuestos, primero la ropa. Una mujer con la cabeza cubierta tría en silencio prendas. Cuando encuentra algo que le gusta descuelga la percha y la muestra al que debe ser su esposo y señor, bajando la mirada, éste da o no la aprobación con un gesto. Hace demasiado calor, huele a sudor, suena una aguda canción con la melodía sincopada y la voz cacofónica. Ella pregunta por el rascador a una oriental excesivamente gruesa para arquetipo.

—Ha dicho que frente a las sartenes, en el siguiente pasillo.



—En las sartenes han puesto un nombre que yo no quiero mirar. —contesta él

—Francisco alegre y olé. —remata ella



Tras un rato valorando eligen una panoplia con tres mangos y varias cuchillas de repuesto. Amarillos. Parece la elección más barata. Sigue sonando la horrible canción. Tal vez sea otra. Él hojarasquea estanterías, se separa un par de pasillos de su dona, busca  algo que todavía no sabe lo que es. Pierde el tiempo feísimos objetos de dudosa utilidad; figuras religiosas, heréticas o blasfemas; cuadernos que parecen usados y juguetes como espadas de Damocles.

De repente echa de menos a su media toronja. La busca.  Camina rápido por el pasillo central mirando a izquierda y derecha, a las calles perpendiculares de los inmensos pasillos de estanterías.  En el lugar de la ropa está la misma pareja. Vuelve sobre sus pasos. Hace el mismo recorrido en sentido contrario. No la ve. Se cruza con una decena de chinos, todos sonrientes; también con la que les dijo dónde estaban los rascadores de cuchilla.



Las sonrisas le parecen falsas e impostadas. Algo esconden. Llega a las cajas. La música sale de un aparato sacado de una pesadilla: un cubo lleno de luces que refulgen colores no admitidos, por perjudiciales, en el espectro cromático. Le sudan las manos. Hay unas pantallas de plasma en las que se ve la tienda en cientos de cuadrados a la vez, una matriz de imágenes todas con vida propia, intenta encontrarla. No la ve.

Los chinos siguen sonriendo con esa mueca de duro sevillano. Está reventado, ha recorrido el almacén siete veces, en todas direcciones; tiene la boca seca, suda, le duele la cabeza. No la encuentra. Se detiene un segundo y piensa.

“La tienen ellos”, concluye. “Los chinos han secuestrado a mi mujer, dios sepa con qué intención, pero conmigo van a llegar a tiempo”. Frenéticamente se dirige a la estantería del menaje de cocina y echa mano de un cuchillo jamonero. Al final del pasillo ve a la obesa oriental y se dirige a ella con rapidez y blandiendo el hierro. “No le pregunto”, va pensando, “directamente le corto el cuello, así aviso a los otros de con quien se juegan los cuartos”. La asiática le espera sonriente al final del pasillo, esa maldita sonrisa.

Completamente cegado por el odio y el calor y cuando está llegando a la mandarina propiciatoria, del ultimo pasillo perpendicular sale su mujer, chocando ambos.

—¿Dónde vas con ese cuchillo?

—A preguntarle el precio a esta simpática chinita.

—¿Es que no ves que lo tiene puesto? —inquiere— Además, ya tenemos cuchillo jamonero, lo que no tenemos es jamón.

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