Me asustan las avenidas, el ajetreo ensordecedor

del ruido, y en las esquinas el silencio tórrido



de un abandono entre cartones, alcohol y vicio.

 



Los pobres también sentimos miedo del mundo,

como si las visiones eyacularan sus entelequias



en el esponjoso entrecejo de nuestros desánimos;

el aguardiente, a tragos cortos sorprende nuestro estómago



y su efecto recompone la pena que nos corroe por dentro.

 



¡Una limosna! ¡Soy pobre!

 

Y las avenidas rompen el silencio y se llevan los recuerdos

y la hambruna a otras calles, con los mismos miedos


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y los valores guardando el luto de nuestra presunta humanidad.

 

Nunca tuve una juventud sobrada de codicia,

los parones de la vida, son para el mercader de ilusiones;

enseguida percibí que moriría en mi propio abandono

al tiempo que iba arrastrando el frío clavado en mis pesares.

 

¡Soy pobre!

 

No es que la luz me parezca distinta,

es que he visto de nuevo la muerte cerca,

resguardada entre mi sombra, husmeando mi tristeza,

alentando a las noches y las avenidas

a clavar su silencio en mi eterna melancolía.

 

Me asustan las avenidas.

 

 

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