abanico

Hay gentes con habilidades extrañas. Doña Pepita me viene a la memoria en estos tórridos días de entrada del verano, tiene una especial maña en mover el abano. Es capaz de aguantar más de diez minutos sin parar, con ritmo cadencioso, golpeándose ligeramente en el pecho con el abanico. Cuando se cansa lo cierra con un movimiento rápido, elevando la mano y produciendo un sonido como de trallazo, aunque más suave. Tras plegarlo se da un golpecito para afirmar su pericia abanadora. Una vez descansada la muñeca vuelve al ataque, con otro movimiento enérgico y saleroso para abrirlo.



—¿A que no sabes que la tela del abanico se llama país?

—No, no lo sabía doña Pepita.


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Doña Pepita tiene abanicos de muchas clases, materiales, colores y formas. Negros
para ir a misa, blancos para fiestas; con estampados goyescos, con puntillas, sin tela, de madera, de plástico, de carey, etcétera. La señora tiene especial predilección por los que venden en una tienda que hay en la calle de San Vicente Mártir haciendo esquina con la Plaza de la Reina de Valencia, sus parientes y amigos, especialmente las sobrinas, cada vez que van a la ciudad del Turia le traen un aventador metido en una cajita y envuelto en papel de regalo. Ella lo agradece con dos besos —generalmente muy húmedos— y veladas referencias al testamento que nunca hace, pero que alguna vez consignará y en el que dejará a la sobrina que la agasaja con el último paipái algún plazo fijo, o un solar de los que tiene en las paredes del pueblo.

Doña Pepita en este tiempo hace limonada. Una jarra cada tarde, nunca se sabe quién puede acudir. Le sale muy rica, le echa canela y dos cucharaditas más de azúcar de las que indica la receta —¡Qué sea lo que Dios quiera!—. Mete la redoma de cristal en la nevera, tapada con un pañito de ganchillo a la espera de la vespertina visita. Si acaso no viene nadie, se la bebe ella. La limonada limpia el organismo y es muy diurética. Cabe reseñar que nuestra protagonista es un hacha con la aguja de crochet.



Doña Pepita lleva siempre en el bolso bolas de anís para regalar a sus sobrinos-nietos. Les endosa dos besos (cada vez con más babas) y al zagal que no se lo limpia con la manga le suelta dos bolas más duras que un cuerno. Hablando de esferas, la casa huele melancólicamente a naftalina; al rato te acostumbras, pero ese aroma produce instantes de abatimiento onettiano.

Una vez, doña Pepita, tuvo en Madrid un novio guapísimo que se parecía a Jorge Negrete y además cantaba como el mexicano. Era mecánico en un taller de coches de lujo en la plaza de Cristo Rey, usaba toneladas de laca y tenía un bigote sobre el bozo como una carrera de hormigas, pero que cuidaba con denuedo. Aprendió a tocar un par de acordes a la guitarra y los domingos por la tarde le cantaba en la salita, mientras la madre y el servicio oían desde la cocina.

A la sangre pretenciosa
que me corre por las venas
he tenido que calmarla
por lo menos esta vez

El mecánico se inscribió en un concurso de imitadores de Negrete que hubo en Radio Madrid cuando vino el guanajatense. La madre de doña Pepita le advirtió de la sirvengonzonería de la gente del espectáculo y ella le dio a elegir entre su amor y las candilejas. El hombre prefirió el guitarreo y doña Pepita se quedó para vestir santos, unas veces en Madrid y otras aquí, por temporadas.

—Lo guapo que era mi mecánico y que bien cantaba, como Jorge Negrete.

—Sí doña Pepita.

—La primera vez que vino Jorge Negrete a España se llevo dos galletas.



Y cuenta que el charro llegó a Madrid en el Lusitania Exprés. Venía de Lisboa. Al bajar del tren y observar que solo había mujeres en el recibimiento preguntó

—¿Es que no hay hombres en España?



Y le enhebraron dos guantazos. Entonces es que la gente tenía la mano más suelta.

Doña Pepita cierra el abanico con donosura y echa mano de la jarra de limonada.

—Toma otro vasito, está muy buena, le echo dos cucharaditas de azúcar más de las que indica la receta, ¿sabes?

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