Salones Epilogo

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En las tiendas de barrio, en las grandes superficies, en los bares, en los talleres, en la peluquería, en la calle, se habla con tanta indignación de la crisis actual y de la… (M. Q. L. P.) que ya no queda mortal que se aventure a pronosticar lo que nos falta para salir de ella. Si a tanto recelo añadimos que en la prensa diaria aparecen, en grandes titulares, nuevos casos de corrupción tan tremendos como los que se están conociendo, por sólidos que sean los cimientos de nuestra frágil democracia temblarán. Y lo malo es que aquí nadie mueve un dedo por evitarlo. De ahí que seamos tantos los que creamos que esto no tiene arreglo, hasta que aparezcan en escena políticos bien formados, con vocación de servicio ¡y sobre todo decentes!

Mientras tanto, esperemos que no nos engatuse algún «salva-patrias» de los que haya en la reserva, cuando se vea que el hambre comienza a hacer estragos en más de media España.legalemte



—Feliz año nuevo -me dice el encargado del taller donde llevo el coche habitualmente. Aunque el número 13 -añade- no es para ser mínimamente optimistas.

—Muchas gracias e igualmente —respondo alargándole la mano—. Y por lo del número trece no haga mucho caso, que igual es el año en que salimos de la crisis y hay que recordarlo cómo el mejor año del siglo. Vaya usted a saber.



—Ya, ya, pero de momento nosotros —me confía el amigo mecánico— nos veremos obligados a prescindir de la mitad de la plantilla, porque el trabajo ha bajado mucho y el taller no da para todos los que somos ahora. Y lo peor es que, si la situación no mejora, más pronto que tarde tendremos que cerrar.

Nos despedimos con otro apretón de manos e intercambiando nuestros mejores deseos. Después entro en la farmacia que hay al lado taller y veo que el boticario está dando explicaciones a unos clientes sobre el por qué tenemos que pagar un euro por receta, además del dichoso «pre-pago» o «co-pago» que exige la nueva ley. Como la tienda se llena de gente, éste acaba diciendo que «si alguien no quiere pagar que no lo haga, pero tiene que rellenar ésta hoja para poder darle los medicamentos».

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—Usted ¿qué quería? me dice a mí, desentendiéndose de esos clientes que aun estando antes que yo no parecía que tuviesen prisa-.

—Quiero un frasco de sal de fruta, una botella pequeña de agua oxigenada y un paquete de algodón.  Pero sin receta.


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El farmacéutico no disimula una leve sonrisa al oír la matización que le hago, me sirve amablemente lo que le he pedido y me cobra. Al despedirnos me dice:

—¿Usted ha visto en el «lío» que se nos ha metido a nosotros, por tener que cobrar un euro por receta a todo el mundo y sobre todo a jubilados que la pensión no les llega para comer?



—Claro que lo veo. Igual que me temo lo mucho que habrá que ver, todavía, incluso aguantar,  si este gobierno no cambia de actitud.  Pero como tiene mayoría absoluta en el Congreso de los diputados, nos guste o no, habrá que esperar un poco tiempo más a ver qué pasa.

Como los dos estábamos un poco excitados, para no agrandar nuestro enfado, nos despedimos sin comentar nada más.

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