Salones Epilogo

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La televisión no se puede ver conectando una radio. Una operación quirúrgica no es factible utilizando el saber de la lingüística, ni un puente puede construirse con los conocimientos que da el derecho romano. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que todo lo que el hombre puede conocer y puede hacer no tiene su origen, ni puede ser explicado de manera completa por un solo saber. Para ello existen las distintas ciencias y técnicas con sus métodos y sus fines.


Virgen de las Viñas

Stephen Hawking dijo en su día que el origen del universo tiene una explicación estrictamente física y un servidor le contesta que muy probablemente tiene razón; es más, un origen de otro tipo no parece tener ninguna lógica. Ahora bien, decir a continuación que por eso Dios es una redundancia para explicar el origen del universo es ya harina de otra ciencia y de otro saber, Dios u otro concepto que escape a lo meramente empírico. Porque la afirmación de Hawking, por otra parte para nada original, lo que pretende es explicar un fenómeno físico y no de otro orden en el que se desenvuelven otras esferas del saber; en el fondo Hawking no solo pretende ningunear “lo divino” sino también lo transcendente con un descubrimiento que corresponde a otro ámbito, a la esfera de lo comprobable o mejor de lo evidente.

El hombre tiene la necesidad y la obligación de conocer. Para ello cuenta con las distintas ciencias que explican el porqué de todo lo que sucede profundizando cada día más en el cómo y porqué de lo que existe. El hombre siempre ha tenido la humana tentación de contraponer ciencia y religión haciendo hincapié de manera casi exclusiva en uno de las dos ramas del saber o para ser más exactos, entre ciencia, filosofía y religión. Siglos atrás todo aquello que no tenía explicación se atribuía siempre a “lo escondido”. Hoy sin embargo las ciencias positivas parecen tener la llave de todo el conocimiento, dicho de otra manera, de identificar y determinar exclusivamente todos los interrogantes de nuestra existencia con lo que resulta evidente.



Cuando un científico, entusiasmado por sus importantes y determinantes descubrimientos, que lo son para la ciencia y para la explicación de la existencia, siente la tentación de pensar que con su hallazgo ya ha tocado la piedra filosofal, la esencia de la vida comete, aún sin saberlo, dos errores. El primero, pensar que ya nadie después podrá llegar más lejos en sus descubrimientos pues todo estará ya descubierto y segundo, hablar y opinar sobre una disciplina del saber que desconoce al menos con la profundidad de aquella que defiende. Lo ideal es que el gran científico sea también un gran conocedor de la filosofía y de la teología cosa que parece muy difícil pueda darse hoy. Porque para hablar de dos cosas hay que ser un estudioso al mismo nivel de ambas y es corriente en estos sabios que expresan su excelente pensamiento en una materia observen una notable ignorancia sobre aquella que pretenden negar. Cada ciencia tiene un fin y consta de su método para descubrir los interrogantes que en cada campo aún existen. ¿Acaso un feto en el seno materno puede coger en brazos a su madre? Pues el hombre a  Dios, tampoco.

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