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La Iglesia celebra en este mes de Agosto uno de los acontecimientos más hermosos de su historia: La Asunción de la Virgen María. La Madre de Jesús es elevada por Dios en cuerpo y alma a los cielos. La Virgen de Agosto, como hace referencia el pueblo cristiano a este gozoso dogma de la Iglesia y que desde hace siglos en muchos lugares del mundo se celebra con Fiestas en su honor, bajo distintas advocaciones. En Ciudad Real, es la Virgen del Prado, a cuya hermandad tengo el honor de pertenecer desde hace sesenta años.



He aquí la esclava del Señor, hágase en mí, según tu palabra”, fueron las palabras con las que María, una mujer joven de Nazaret, contestó al saludo del ángel Gabriel cuando le anunció la buena nueva; la más grandiosa noticia que hasta entonces ningún ser humano había recibido: “Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo”…”María entonces dijo al ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?» Contestó el ángel: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios…Para Dios, nada es imposible.» (Lc 1,26-38)

Toda la grandeza, toda la belleza, toda la dimensión que María, la Virgen, recibe y nos trasmite, emana de su sencillez, de su humildad, de su completa confianza en el Señor. Cuando el ángel le anuncia tan grandioso e irrepetible acontecimiento, ella no es consciente de la dimensión y trascendencia que encierra para el futuro del género humano, solamente lo acepta entre temerosa y dichosa y pone el suyo en manos de quien le ha dado la vida. Ella será la Madre del Hijo de Dios, del mismo Dios; va a engendrar en su seno y parir a la Vida misma. Mayor honor y servicio a la Historia de la Salvación no cabe ni cabrá nunca para una persona humana.



Pero si profundizamos más aún en este misterio, en el que la sencillez y humildad cobran la plenitud de su sentido…nos encontramos con una actitud radical que las explica: la pobreza. La pobreza de espíritu y vida que hace a María entregarse a ese acontecimiento que le sobrepasa; de alguna manera su pobreza supone vaciarse de ella misma, de su sólo entendimiento, para que el Espíritu pueda obrar en su ser sin trabas. Para Dios no hay nada imposible…con los pobres y humildes de corazón. No así para los arrogantes que se encuentran llenos y satisfechos de sí mismos.

María entendió a la perfección durante toda su vida lo que el papa Francisco dijo en uno de sus recientes ángelus: Jesús nos enseña a anteponer las necesidades de los pobres a las nuestras. Ella antepuso a las suyas el designio de Dios, quien “despojándose de su rango no hizo alarde de su categoría de Dios”…mayor pobreza no es posible.



María no es pues únicamente una mujer religiosa sino de Fe; en ella se dan los mayores actos de Fe, de Esperanza que han tenido lugar jamás. En María se aúnan todas las virtudes teologales y las que Jesús predicó en el Sermón de la Montaña, las Bienaventuranzas.

María no es una persona a la que veneremos y admiremos por sí sola, de una manera aislada, sino por ser la Madre de Dios e intercesora nuestra ante Él. Todo el sentido y grandeza que rodea e identifica al Misterio y a la persona de la Virgen María, está ya, como no puede ser de otra manera, plenamente enraizado y entroncado en el Misterio de Dios mismo y que en un acto de Amor sin límite, quiso hacerse uno de nosotros.



Por eso, para entender todos estos Misterios, la puerta de acceso para atisbarlos y penetrar en ellos es la de la sencillez, la pobreza, la contemplación, la gratuidad. Para intentar comprender la grandeza de María, hemos de superar la pura religiosidad, la percepción superficial, cósica, social y cultural y adentrarnos en el mundo de la Fe y de la Iglesia. Porque María es la Madre de Dios, de los pobres y Madre de la Iglesia, de todos nosotros, hijos de Ella.

Fermín Gassol Peco



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