LUNA

Desde su ventana se veía como la luna había iniciado su recorrido nocturno sobre la plaza del Carmen. El viento, en ausencia de paseantes, daba vida a las ramas de los arboles con un ligero balanceo y un escueto silbido. Ángel Ortega acariciaba con las  yemas de sus dedos las letras del teclado de su negra hispano-olivetti  mientras las palabras brotaban una tras otra sobre el blanco de la hoja de papel.


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«El sombrero de copa daba fuerza al disfraz. El bigote, el frac, las gafas, ese caminar inclinado acompañando al puro y la frase mordaz lo hacían el perfecto Groucho Marx. Aunque ahora, final de una noche de carnaval, tendido a lo largo del banco de este parque, la chistera sujeta por las manos sobre el estómago no estaba para muchos discursos.

—… Y partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cuotas de la miseria.



Allí estaba yo, sorprendido por el amanecer, con un raído sombrero en mi cabeza, una chaqueta de mi padre y una camisa blanca sin cuello, mirándote y pretendiendo ser su hermano Chico.»

Desde ese primer piso pudo ver como uno de los “búhos” cruzaba silencioso los quince arcos frente a la imagen de la virgen, con el primer disco de “Bruce Springsteen” bajo el brazo para entrar en la casa de Jesús Salinas. El alumbrado de la plaza se reflejaba en las pupilas de Ángel Ortega, la memoria en el folio arrastrado por el rodillo bajo la suave presión de cada carácter en la negra cinta.


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«Te conocí en el café de la Glorieta después del coloquio en el cine Torres sobre la película “Sueños de seductor” de Woody Allen. Rick bromeó con nosotros, mientras nos ponía unas copas y hacía las presentaciones:

—Elsa, le gusta pintar; Chico le gusta escribir. Iré a decir a Sam que ponga “El tiempo pasará” relajará este primer encuentro.

Mientras te echabas el pelo hacia atrás decías que me habías visto otras veces por ahí, bebiendo gin-tonics en el “D’Antony”, tomando café irlandés en el “Guru’s”, comiendo gachas en el “Mesón la Viña”, de cañas en la “Cafetería Pedro´s”; que te caía bien…

Groucho confundía a un inspector de la policía nacional de paisano con un alto cargo del III Reich, le abordaba agitando la mano que sostenía el puro.



—La justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música.

Hubo que sacarlo de allí rápido calle del Monte abajo. Te agradecí que me acompañaras.»

De un seat 124 beige se bajaron los tres “josemarías”; los acordes suaves de “Till the morning comes” acompañaban la voz india de Neil Young en el radiocasete del coche. Un bostezo se escapó del cuerpo de Ángel Ortega; se pensaba un solitario periodista de Cuadernos Manchegos cubriendo la crónica de este carnaval de la transición española.

«Groucho avanzaba apoyándose en las rejas de todas las ventanas. Me pasaste un cigarro arrugado con el humo haciendo anillos sobre tu cara. Me sentía feliz con las manos en los bolsillos de mi vieja chaqueta negra. A excepción de este alienígena hermano Marx parecíamos los únicos habitantes del planeta. La luna y yo escuchábamos alelados tu disertación sobre la vida; Ibas unos pasos delante levantando la voz y los brazos al cielo azul poblado de estrellas blancas.

Llegamos al parque para jugar al escondite con Groucho contando cien sobre el hierro de un banco de madera. Sentí tu olor, tu mano en la mía, tu pelo negro y tus ojos pegados a mí en la verde oscuridad de la vegetación.»

hispano-olivetti

La luna también jugaba a esconderse detrás de alguna nube blanca cuando Ángel Ortega la miraba. El azul de la noche era completo. El color verde de aquel pequeño olivo justo en la esquina de la plaza retuvo por un momento su atención. Las frases, como las estrellas, llegaban a su conciencia con absoluta nitidez.

«La luz de un bar abierto. Te escapabas para conseguir algo líquido que echarnos a la boca.

En su delirio etílico Groucho mascullaba entre dientes:

—Si nos encuentran estamos perdidos.

— ¿Cómo vamos a estar perdidos si nos encuentran?

Regresaste enseguida con un par de cafés cargados y la sonrisa asomando entre el pelo recogido, imitando la de Elsa de “Casablanca”. No hizo falta preguntar; su estado horizontal en aquel banco hacía público su diagnóstico.

—Disculpe que no me levante.- Se oyó decir al mayor de los hermanos Marx.

Las sirenas de un coche policía empañaron el silencio de nuestras miradas.

—El mundo se vuelve loco y nosotros nos enamoramos.- Tu labio inferior hacía especial énfasis en la última palabra.»

El humo de la taza de té se mezclaba con la transparencia de los visillos intentando vaporizarse en el cristal de la ventana. Ángel Ortega seguía su trayectoria con la visión perdida. La luna extendía su blancura y su influencia. Las luces de las farolas amenazaban con apagarse y dejar paso  a la madrugada. El punto del último párrafo esperaba impaciente su continuación.

«Sentí el calor del café en mi interior. Miré la curva de tu vestido en las caderas, la línea recta de tu nariz y el arqueo breve de tus cejas.

— ¿Qué podemos hacer hoy para mejorar el mundo? — me preguntaste.

— Me gustaría escribir nuestra historia.

—Yo pintaré un amanecer plagado de soles.

Algunos madrugadores transeúntes miembros de  cierta comparsa callejera próxima al desfile matutino miraban nuestros disfraces con el recuerdo alegre de una noche de fiesta. Groucho consiguió levantarse, ponerse su sombrero de copa y pronunciar unas palabras:

—Estos son mis principios, si no les gustan tengo otros.

Después se derrumbó en el frío asiento de madera. Te vi como seguías con la mirada la llegada de una pareja de palomas que aterrizó junto a nosotros para picar sobre los restos de comida abandonados en el banco de enfrente.»

La claridad del día aun dejaba ver la gris transparencia de la luna. Ángel Ortega escuchó el sonido de la puerta al abrirse, los pasos de Elsa y Chico cargando con el pesado cuerpo de Groucho hasta el sofá donde cayó de bruces sin dejar de soltar su sombrero.

 Se emocionó con el primer beso al pie de la escalera, ella colgada del cuello, el recorriendo su espalda. Observó silencioso como subieron los peldaños con el abrazo en la cintura. Percibió la resonancia de la puerta al cerrarse tras ellos para celebrar el amor de ese nuevo día.

El sombrero de copa rodó por el suelo acompañando la fuerte respiración con la que se inició el sueño de Groucho.

 

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