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Si lo masculino no puede entenderse sin lo femenino y al revés, tampoco puede entenderse la maternidad sin la paternidad y viceversa. Ambas cobran sentido la una desde la otra. Como la paternidad y filiación carecen de sentido por separado.

Si hemos dicho que la persona es un ser relacionado, el matrimonio es la experiencia más concreta de esa relación. Esto es muy importante porque de esa profundidad personal en la relación, saldrá en gran medida la calidad de la familia que formemos. Si la unión matrimonial se debe a otros criterios o intereses menos personales y más cósicos, la familia, los hijos serán educados de una manera superficial y poco generosa. Esto es fundamental para que la familia llegue a ser eso, una familia y no otra cosa parecida, pero carente del espíritu que la cimienta.


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La calidad de la familia, la aportan de una manera definitiva la calidad personal de los padres, este es un hecho irrefutable. Los padres debemos trasmitir los valores naturales que contiene la familia: Sentido de unión, aprendizaje, cariño, comunicación, generosidad, lo que yo llamo calidad en el comportamiento, que por cierto tanta gracia le hace a nuestra hija Blanca cuando se lo recuerdo. Y la austeridad de la que después hablaremos.

A estas virtudes  humanas hay que presuponer la de la gratuidad, entrega y cruz, pero desde la gracia del sacramento a la luz nueva de la resurrección. Un matrimonio comparte lo que ambos cónyuges son. Con los años, las dificultades, los reveses e imprevistos, las limitaciones, los defectos de los que cada uno indefectiblemente adolece, el matrimonio corre el riesgo de convertirse en una relación entre individuos que poco a poco dejan de compartir, de tener algo en común, dejando de mirarse, para simplemente convivir o coexistir…en una coexistencia pacífica que al menor aire…acaba rompiéndose. Y quizá no suceda en muchos casos por intereses o imposibilidades económicas de vivir separados.

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Al “otro” hay que amarlo como es, en sus limitaciones e imperfecciones. La paternidad en definitiva consiste, en vaciarse paulatinamente de uno mismo para dar contenido e identidad al hijo. La madre cuando da a luz, de alguna manera está muriendo a sí misma, trasmitiendo a los hijos que alumbra, su propia vida.

 

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