Salones Epilogo

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Desde que el gobierno de Castilla la Mancha hiciera pública la idea de privatizar la gestión del hospital de Tomelloso, la inquietud se ha instalado entre los habitantes de su comarca.

No sé si con la gestión privada de nuestro hospital mejorará el servicio al ciudadano, es posible, como lo ha sido en otros servicios públicos que se gestionan así. Ojalá les salga bien y el ciudadano se beneficie de ello, ya que, según parece, la cosa no tiene vuelta a atrás.


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El domingo pasado, la Coordinadora en defensa de la sanidad pública de la comarca convocó otra manifestación para protestar por el cambio de gestión que prepara la junta. Allí estuve con mis vecinos.

No sé si son acertados los planteamientos y demandas de la Coordinadora, no lo tengo muy claro. No sé si serán buenos o malos los cambios que se avecinan, pero no hay que dejar que se olvide que el hospital es NUESTRO. Los políticos y gestores que se están empeñando en el cambio, no deben dejar de sentir el aliento del pueblo en la nuca, que ya sabemos lo que pasa cuando estos deciden hacer de su capa un sallo.



En mi opinión hay algún que otro problema de base. Nadie escucha a nadie y el sistema nos viene grande. A algunas comunidades autónomas les viene grande la gestión de la sanidad y la educación. Cuando se transfirieron las competencias, las autonomías se lanzaron a construir una sanidad auto suficiente en el marco autonómico. Esto creó un monstruo que la mayoría de comunidades no pueden alimentar.

A mí me gustaría tener un Mercedes en la puerta de casa. Seguramente podría tenerlo si me hubiera endeudado y puesto empeño en ello, pero después hay que pagarlo y mantenerlo. La comparación es odiosa; la sanidad no es un lujo, como el Mercedes, pero posiblemente se haya planificado tan mal, se hayan hecho tantos disparates –como en otras muchas cosas– que ahora no se sabe como pagarla y mantenerla, como el Mercedes.

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Ahora nadie quiere prescindir de nada. Los ciudadanos no queremos renunciar a la ventaja que supone tener el hospital en casa –normal, Tomelloso ha ganado muchísimo en calidad de vida desde su apertura– y los políticos se aferran a las parcelas de poder que han ido conquistando y afianzando en los últimos años.

Hay que redimensionar el sistema, hay que hacerlo eficiente con los medios que se dispone, pero ¿no se puede hacer desde lo público?


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Nadie escucha a nadie. Si no nos escuchamos ¿como nos vamos a poner de acuerdo?

Unos dicen que toman decisiones desde la legitimidad que les da las urnas; que no se puede gestionar y administrar los poderes públicos dejándose llevar por la presión que se ejerce detrás de una pancarta. Otros piensan que esa legitimidad se pierde desde el momento en que se toman decisiones que no se incluyeron en el programa con el que se ganó las elecciones y que no se puede cambiar algo tan importante como la sanidad con la gente en contra.


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Puede que las dos partes tengan razón, pero el problema sigue ahí. El conflicto existe en la comarca de Tomelloso. Se atrincheran e intercambian golpes con tácticas que sonrojarían al más curtido de los boxeadores. Se cae en guerras de cifras en las que todo el mundo miente sin ningún pudor. Golpes bajos, zancadillas y malos modos.

Nadie escucha a nadie. Nadie hace nada para calmar la inquietud, el miedo, la desazón que se ha instalado en la ciudadanía.



¿Por qué no le preguntamos a la gente? ¿Tan complicado sería montar una campaña informativa, en donde se explicara de cabo a rabo lo que se quiere hacer con el hospital, y convocar un referéndum?

No sé por qué se empeñan en que nos comamos guisos que no hemos cocinado. Si tú te lo guisas, te lo comes más a gusto. Mi señora madre, que es una mujer muy sabia, siempre ha dicho que palos a gusto no duelen.

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