Salones Epilogo

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Los hombres primitivos no usaban gafas, todo lo que les interesaba ver lo tenían al alcance de la vista que siempre debía ser más de lo mismo; las gafas las inventó mucho después un cristalero veneciano en el siglo XIII para responder al interés del hombre por ver mejor lo que sus ojos no podían apreciar con nitidez, por eso los llamaron anteojos.


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Las gafas son un gran invento, nos permiten ver lo que interesa y si al contrario lo que sucede ante nuestros ojos no es agradable o suficientemente importante nos las quitamos si las tenemos puestas o las dejamos donde están. De esta manera vemos lo que queremos y ya sabemos, ojos que no ven…

Las gafas fueron ideadas para responder a la curiosidad del ser humano, para ver mejor la realidad a nuestro alcance y conocerla tal como es, sin aumentos ni distorsiones; los microscopios y los prismáticos respondieron después a nuestra curiosidad por ver mejor lo que hay más acá y más allá  pero presentando siempre la realidad sobredimensionada o vanidosa, y entre ellos el mayor de los” imanes visuales”, los telescopios que permiten hoy acercarnos a la antesala del cielo con la tentación de alargar el brazo para introducir la llave o quizá para sentarnos en alguna de las estrellas “más cercanas”.


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Sin embargo hoy damos a las gafas utilidades distintas a las de ver mejor. Gafas con cristales neutros, gafas de sol, gafas de colores, gafas estéticas, puramente ornamentales. Hay gafas que sirven para solucionar complejos, gafas que se utilizan para disimular la narices prominentes, o aparentar seriedad, gafas que sirven para ocultar la mirada, gafas pensadas también para no ser visto, gafas oscuras  y envolventes que una vez puestas  hacen creer que estas detrás de una diminuta ventana por la que ves a los que no te ven. Con gafas oscuras el saludo es menos obligado y como extremo y desatino, la utilidad más antinatural que podemos dar a las gafas es ponérnoslas para no ver nada. Son las gafas que nos ponemos a manera de antifaz para que nada moleste nuestros sueños mientras dormimos, ni  podamos apreciar la realidad mientras vivimos  porque nos pueden incomodar o comprometer y es que el interés del hombre por ver bien no ha llegado aún a ser tan grande como para pensar en inventar las gafas, los prismáticos, o telescopios que permitan ver lo que existe en nuestro interior, pero todo es cuestión de tiempo.

En el interior de la persona hay un mundo enorme por explorar y conocer que comienza aquí mismo en la epidermis y acaba allá en el infinito del pensamiento y del corazón, en la nitidez de las ideas y en el universo de la solidaridad.  Nada hay más gratificante en la vida de una persona que querer ver bien, ver lo que hay cerca, ver mejor la que hay lejos para anticiparse a lo que viene de camino, ver lo que viene de frente o de lado, ver hasta lo que nos viene por detrás como a traición, ver con las lentes progresivas de la cultura, el desarrollo y sobre todo de la autenticidad. Las gafas siempre quieren decirnos la verdad.

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