Los filósofos rurales visten pantalones de pana. No de color verde oliva como los del alcalde del pueblo o los del terrateniente. Un verdadero filósofo rural viste calzas de pana marrón, del color de los podencos más rápidos, con irisaciones en algunos lugares, brillantes por el roce perpetuo. También portan jerséis de cremallera, más bien gruesos. En este caso el tono de esta prenda no influye en la calidad del filósofo, ni mucho menos en sus silogismos. Sin embargo, son inevitables los  irregulares agujeros horadados por las bolliscas del pito que cuelga, también a perpetuidad, de la comisura de los labios, especialmente a la derecha. El cigarro a la diestra y la carga de la bragueta a la izquierda, como dictan las normas de urbanidad.

Casi todos los filósofos rurales tienen canarios y un número importante de ellos entiende de grillos; no solo eso, sino que los cazan y meten en unas mínimas jaulas ad-hoc que fabrican sus aprendices con  alambre y alicates. “Hacer jaulas de grillo” es  uno de los trabajos más etéreos, livianos, fútiles, inanes y descansados del medio rural. Los grillos se cazan —como bien sabes diligente lector— miccionando dentro de la grillera, cuando el bicho siente que se ahoga sale a la superficie. Rápida y diligentemente se le tira la boina encima y ya está. Si un grillo, dios no lo quiera, se pisa y despanzurra, emite un chasquido espeluznante.

Todos desayunan churros traídos de la buñolería de la Rocio y café con leche, mientras el canto de los canarios y los colorines les proporcionan el estado anímico propicio para desarrollar la mayoría de sus teorías y pensamientos más profundos y logrados. Los canarios (y los colorines) se meten en jaulas con los laterales tapados para que no vean al vecino. Por lo visto así cantan más.

Antiguamente la mayoría de los miembros de este gremio acudía a las barberías que ornaban sus paredes con canarieras. Ahora los barberos son estilistas y han cambiado la escandalera aviar por el ruido más sofisticado de Ricky Martin. Los socráticos manchegos han comprado una rasuradora en la teletienda y enseñado a la esposa a que los esquile. Eso del estilismo es de sarasas.

Las noches de verano  casi todos los filósofos rurales cenan en el patio, debajo de la parra o la higuera, el cri, cri de los grillos enjaulados sirve para que hilvanen las ideas que se llevaran a la cama, para consultar con la almohada. Por cierto que los pensadores rurales suelen cenar ensaladas de tomate, aceitunas y pan.

Los filósofos rurales huelen a tierra mojada y a mejorana. Miran de hito en hito y minutos antes de exponer un aforismo entornan los ojos y le dan una profunda calada al pito. Estos agrestes intelectuales entienden de tiempo y sus juicios son muy meditados y de mucho sentido. Suelen hacer corro y siempre llevan un par o tres de personas alrededor escuchando arrobados sus sentencias.

Conocí a uno de ellos, alto, con abrigo hasta los pies en invierno, pelo fosco y tordillo y la barba hasta los ojos con los pelos como clavos. Llevaba una boina descolorida, del color del ala de mosca y el resto de la indumentaria propia de la hermandad a la que pertenecía. Desdentado y sonriente, pero nervioso.



Le pregunté sobre la posibilidad de lluvia en aquel día que amanecía. No necesitaba ningún otro de sus asertos. O tal vez intenté probar su infalibilidad. Miró hacía la salida del sol fijamente, después miró al poniente otro rato. Subió la vista hacia el mediodía y volvió a columbrar el saliente. Se  levantó la boina y rascó la cabeza, a la vez y con la misma mano; entornando los ojos coligió:

—Puede que sí y puede que no.



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