Salones Epilogo

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Lo dicho en la primera parte responde a una verdad antropológica; la persona, crece, evoluciona cuando percibe realidades ajenas y exteriores a ella que después asume, interioriza y hace suyas. A este proceso lo podríamos calificar como un mero proceso de aprendizaje natural pero en el que no existe el factor discontinuo o de sorpresa, ese que hace sentirnos no solamente “más nosotros” sino que nos convierte en seres “distintos a quienes éramos antes”. Una relación que trasforma nuestra dimensión y visión de todo y que tiene su culmen en el conocimiento personal de otra realidad de distinta naturaleza.


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Decimos que vivir permanentemente con esa luz interior y respirar el mismo aire llevan al hombre a su paulatino final de una manera irremediable. Esta dualidad de realidades, verdadera asignatura pendiente de mi curiosidad existencial y la de muchas otras personas, me produce cierta zozobra por la aparente incompatibilidad de lo que veo, con lo que pienso, siento y deseo y es lo que lleva a preguntarme sobre las causas, aunque fáciles de adivinar, difíciles después de racionalizar, entender y sobre todo expresar, de sus porqués; pero ante todo sobre el futuro punto de encuentro de las dos realidades, hoy aparentemente excluyentes.

Porque ambos mundos, el humano y el trascendente existen, doy fe de ello; si no fuera así sería absurdo pensar en ello siquiera un minuto. Como cristiano parto con la ventaja de creer y por lo tanto saber, que el encuentro de estas dos realidades se produjo hace dos mil años en el momento de la Encarnación de Dios en Jesucristo. Pero se trata de un acto de fe y por lo tanto no evidente. Un acto de Fe en algo que ocurrió y que se hará evidente el día que esas realidades se unan. Cierto que Cristo es quien ya ha unido para siempre las dos realidades en el tiempo de manera única e irrepetible. Las ha unido El, sin embargo aún está pendiente de realizarse de manera completa en las personas de una sociedad que en gran medida no ha encontrado aún el camino definitivo, aunque lo atisbe.


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Dos realidades que algún día tendrán que mirarse, hablarse y entenderse aunque solamente sea por un momento y confirmar sus existencias para después volver a desajustarse hasta el definitivo encuentro personal, porque los hombres y Dios, aunque vinculados en la Historia por la Palabra siempre tendrán las diferencias que nacen de sus distintas naturalezas. Dios es y existe en plenitud, el hombre existe y camina para ser plenamente.

El hombre ha descubierto en este camino hacia su plenitud que es capaz de dar explicación a todos los fenómenos temporales con sus descubrimientos. Lo profano tiene sentido. Lo secular, lo mundano, lo temporal, lo humano tiene sentido y lo tiene en la totalidad de la existencia sin techos, sin taras, sin peros; el hombre existe para crecer sano y fuerte en su pensamiento, hay que dejar por tanto un espacio enorme a lo humano.


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La consecuencia viene dada por su propio peso; lo “sagrado” ya no es necesario ni creíble para dar sentido a lo que tiene una explicación natural, inmanente al ser humano. La Iglesia ha de confiar en el hombre para que el hombre confíe en Dios. El hombre es bueno por naturaleza aunque no perfecto y esa bondad original, verdad radical de nuestra Fe, ha de ser explícitamente aceptada por la Iglesia. Esto lleva a los hombres de iglesia, a los creyentes a realizar un esfuerzo de elevación para superar la tradicional censura de lo humano como coartada para dar sentido a lo transcendente.

Este viejo camino ya no tiene futuro aunque hasta ahora haya sido el utilizado por ser el más cómodo; para eso queda la mentalidad protestante y seamos honrados, cuanto de esa mentalidad hemos vivido en la educación religiosa que hemos recibido. La exigencia y el conocimiento son unas características del mundo actual donde nadie regala nada. Los creyentes han de dar ejemplo del conocimiento y calidad de su fe y para ello la exigencia en su preparación y en la práctica vivida. Podemos decir que al dar sentido pleno a lo humano lo transcendente se identifica  de mejor manera.


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El hombre actual más que considerar a lo transcendente como una decepción lo ha tomado como algo que sobra, que no es necesario, antes bien que entorpece el descubrimiento de nuevas realidades. Por eso el enfrentamiento con lo religioso, feroz a veces se ha convertido hoy en pura indiferencia cuando no en el desprecio con lo que se considera a un don nadie. Pero ¿de qué pasa el hombre de hoy? ¿Pasa del mensaje evangélico, de los valores cristianos o de la manera en que se han ido transmitiendo quedando el mensaje fuertemente  tapado por el mensajero? ¿Sabe el hombre de hoy lo que ignora y desprecia y a quien ignora y desprecia? Esta es la tristeza pero también es la esperanza.

La esperanza como confianza en lo que está por venir. Jesús ha resucitado, el hombre ya tiene delante el Gran Camino que le lleva a su realización total; todo se está andando ya y todo se andará. No dudemos ni de las capacidades intelectuales del hombre ni de la capacidad del amor de Dios.


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