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Eso de pretender caminar todos juntos, dialogar, eliminar las barreras étnicas, constituir una alianza de civilizaciones a modo de una gran aldea global cultural es algo que por sonar, suena ´”dabuten”  que diría un castizo. El problema surge cuando aquellos con los que te intentas aliar no tienen el más mínimo interés en hacerlo contigo, ni participan de los conceptos más básicos sobre la dignidad del ser humano.



Yendo al grano. La cultura islámica y la cultura occidental cristiana poco o nada tienen en común, ni por fuera ni por dentro; pero ese, en principio, no debería suponer mayor problema porque se podrían tratar de dos civilizaciones que siendo culturalmente muy distintas se complementaran mutuamente y la cosa resultaría muy enriquecedora. Pero las cosas desgraciadamente no son así. La cultura islámica tiene unos principios arcaicos e inamovibles que hacen de sus seguidores unos seres anclados en la Edad Media pero con armas del siglo veintiuno. Una civilización que fue lo más en una época en la que su arte llenó de esplendor todos aquellos lugares en los que permaneció, obras con una belleza admirable, importantes descubrimientos hallados en casi todas las disciplinas científicas pero y ese es el problema, que se han quedado en ese momento de la historia. La cultura cristiana europea avanzó sin embargo de manera integral, en lo cultural y en lo humano dejando el fanatismo irracional religioso por el  más razonable de la inteligencia y amor.

Pero quizá lo que más chirríe hoy en esa cultura sea la figura, la dignidad de la persona reducida a un mero objeto que se puede comprar y vender como sucede en Irán: o como ocurre con la dignidad de la mujer, una dignidad que en nuestra cultura es asunto superado y que sin embargo en el Islam ni la han comenzado. Resulta pues curiosa la falta de coherencia y el afán por querer establecer una alianza con aquellos que consideran a la mujer como un mero objeto de placer y la tratan como una esclava o como una propiedad del hombre. Y si piensan que exagero les comento la noticia que leí hace unos días: “Un jeque islámico residente en Europa ha asegurado que las mujeres no deberían estar cerca de plátanos, pepinos o zanahorias para poder evitar que se desencadenen «pensamientos sexuales» por las semejanzas con el órgano sexual masculino. El jeque mantiene que las mujeres que quieran comer estos alimentos tienen que solicitar la ayuda de su marido o su padre, para que se encargue de cortarlos antes de servirlos en el plato. El jeque ha justificado su recomendación por el hecho de que el plátano y el pepino «se asemejan al pene del hombre», por lo que las mujeres podrían pensar en sexo cuando consumen esta fruta y esta hortaliza”.

Como ven, la noticia, si no fuera por lo que esconde tras estas fantasmales ideas, produciría hilaridad, pero lo que arroja desgraciadamente es estupor y sonrojo. ¿Alianzas así? Por mi parte…ni de lejos…



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