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Valores éticos


Virgen de las Viñas

La historia es el progreso de la conciencia de la libertad”. Hegel.

La frase de este pensador alemán, padre del idealismo filosófico y de la dialéctica, encierra una aseveración que lejos de suponer una afirmación utópica como pueda atribuirse a todo aquello que suena a filosofía idealista, tiene a mi juicio el gran valor de descubrir lo que el hombre anhela a través de sus ideas y comportamientos, de su ética personal y de la moral social, el secreto de lo que la humanidad, aún sin saberlo busca a través de su conciencia; la libertad.


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Que el hombre ha progresado con el paso del tiempo es una obviedad; vivir hoy en un mundo lleno de comodidades y descubrimientos es sin dudar, una suerte. Pero la pregunta surge; ¿Es el hombre de hoy más libre que el de hace por ejemplo doscientos años? Está meridianamente claro que si entendemos la libertad como la superación de condicionamientos físico ambientales, de las barreras que dificultan la comunicación así como la ausencia de ataduras sociales a unas pautas de comportamiento establecidas, a las cuales había que someterse, sin duda que sí. Hoy la persona viste, piensa, obra como le viene en gana y no hay una estructura establecida que le obligue a pensar o comportarse de una determinada manera para que, a la hora de ser aceptado por esa sociedad deba cumplir unas reglas personales y morales impuestas. Hoy ya no existe lo “socialmente correcto”.

Ante esta ausencia de normas preestablecidas es la persona y su conciencia, es decir, su ética las que han de elaborar esas pautas de comportamiento ante los demás y ante ellas mismas, o sea determinar su moralidad. Hoy el fenómeno del comportamiento moral, parece estar atravesando en este periodo de la historia un desierto ayuno de valores tradicionales, entendiendo este concepto como aquellos ejes en los que se apoyaba la conciencia social mayoritariamente aceptada en el comportamiento de cada uno.



La caducidad que presentan estas cápsulas del comportamiento social tiene, creo,  su explicación en dos causas.

La primera, que el hombre ha pasado de ser un “sujeto localizado”, a ser un “sujeto anónimo”. La transformación del hombre con historia que  vivía en un lugar concreto conocido, hijo de una familia, con unas costumbres que en ningún momento eran consecuencia de una consulta a su conciencia, a un ser humano escondido en el anonimato de unas ciudades en las que nadie sabe cómo se llama el que pasa por su lado. Los valores que se identificaban con esa forma de vida anterior y que fijaban el comportamiento ya no encajan en la nueva situación porque hacen referencia a valores heredados y no elegidos.



La segunda causa, la posibilidad que tiene el hombre de hoy de hacer más cosas. La ética del hombre actual es muy simple. Hago aquello que puedo hacer. Es una ética de posibilidades materiales. La conciencia es una mera tabulación para el aprovechamiento de las circunstancias. La transcendencia moral de los pensamientos y sobre todo de los actos, hijos de ellos, parece no existir. Hoy manda sobre la conciencia el concepto de oportunidad. Esta parece ser la ética común al hombre de hoy. El hombre es mucho más libre que en el pasado respecto a los demás, sin embargo paradójicamente, hacia él mismo ya no lo tengo tan claro. Es más, sin unas referencias que le ayuden a encontrarse, el hombre actual seguirá padeciendo una preocupante crisis de identidad y sin identidad no se puede obtener la libertad.

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