Salones Epilogo

puerta

Don Áureo Quiralte falleció en su domicilio de la calle de Espartero. Fue trasladado a un tanatorio con nombre de santo; la funeraria tiene en las puertas de madera relieves de guadañas y relojes de arena. Ahora que recuerdo, también tiene una carroza fúnebre, como un siniestro guiño al finado:


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—Un primo segundo mío, soltero y solo en la vida, se murió atufado por el brasero, sentado en la mesa camilla. Cuando lo encontraron ya se había enfriado, hecho un cuatro. Lo llevaron a enterrar sentado en el pescante, junto al cochero.

No lo he dicho, pero el muerto era lo que comúnmente se nombra como “un cachondo”. El gracioso oficial, el bufón más famoso de la última mitad del siglo XX y el comienzo del XXI. Don Áureo ha sido el chistoso por antonomasia de esta tierra del Señor. La única meta en toda su vida fue hacer reír, no tuvo medida, ni mucho menos hartura para deleitar, consolar espíritus y hacer a la gente feliz.


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Ahora yace tras un cristal, en una cámara frigorífica, metido en un ataúd marrón, amortajado con un sencillo traje azul marino, velado por su familia y unos cuantos e inquebrantables amigos. Rodeado por la escueta corona que paga “Santa Lucia” y el desangelado ramo que a diez euros por barba, hemos comprado sus amigos más allegados: “Tus amigos, ni te olvidan”.

—Los caramelos de naranja son los únicos que merecen la pena. Pero a ver quién es el guapo que losencuentra, el envoltorio no indica nada.


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—Oliéndolos, Navarro, oliéndolos.

  —¡Vamos ande! No querrá usted que me ponga a olismear caramelos en medio de un velatorio, como  si fuese un perro pachón.


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Desde pequeño, en el patio de la calle Espartero, mostro su inclinación por las payasadas y la gracia. Se tiznaba la cara con la sartén, se disfrazaba con ropas de la abuela, aprendía picardías de carreteros. Hacía el número de un violinista, con mucho predicamento en aquellos años, una pantomima en la que se metía un palo en la manga izquierda del jersey. El brazo expatriado se lo metía por dentro de la ropa, sacando un dedo por la bragueta abierta, con el que sujetaba otro palo que hacía las veces de arco.

Poco a poco su talento se fue revelando en el barrio. Llamaban al joven Quiralte para cualquier fiesta, ágape, o simplemente un grupo de vecinos sentados al fresco con ganas de reír un rato. Era feliz con las risas de los demás, la sensación era indescriptible, era como si las carcajadas ajenas lo elevasen del suelo por encima de todos.


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Terminada la escuela, su fama era imparable en todo el pueblo. Acabado el instituto tuvo que hacerse cargo del establecimiento paterno: una tienda de comestibles en un intrincado callejón del barrio. Cuando empezó a peinarse para atrás, comenzó a salir prácticamente todas las noches. Sabía todos los dichos populares, todos los chistes, quienes tenían la suerte de escucharlo, reían a mandíbula batiente:

 —Cuando voy a la plaza y no hallo sardinas, me ahorro los cuartos y almuerzo migas.


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Se casó con una vecina de toda la vida. La boda unió a dos de las más importantes estirpes de la calle. Ligo la tienda de los Quiraltes con las cien fanegas de viña de los Ortices. Se había convertido en un joven tendero y un agricultor con posibles; casado. Pero no por ello había dejado de divertirse y salir todas las noches. Profesionalizó su habilidad, todos querían estar con él, oír sus chanzas, alcanzar la felicidad al menos ese rato.

Pero en su casa se comportaba como un déspota. Intimidaba a toda la familia, solo abría la boca para regañar, insultar o dar órdenes. Era «alegre de calle y triste de cocinilla» como certeramente lo definió una parienta lejana y alopécica. Murió ayer en su casa de toda la vida, en la calle Espartero.


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Tras el “ite missa est” el oficiante, una vez explicada la forma de colocarse el duelo para recibir el pésame, advierte con cajas destempladas:

—Después de darle el péseme a los dolientes, os vais saliendo por el pasillo central, de uno en uno. Al otro lado de la puerta, los sobrinos del difunto, siguiendo la última voluntad de Áureo Quiralte, han colocado dos mesitas. En la de la izquierda, sirven una copa de coñac o de anís a los asistentes al entierro, del sexo que fueran. A la derecha, reparten un faria a cada hombre… Lo que hay que hacer.

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