Salones Epilogo

cementerio 2

Viernes 9 de agosto de 1918. Son las ocho de la tarde. Un grupo de mujeres camina por el paseo del cementerio. Van en silencio. De vez en cuando una de ellas alza la cabeza y mira hacia un cielo negro, ominoso, que avanza desde el campo hacia el pueblo. Es verano y todavía hace calor. Un viento huracanado empieza a soplar. La más pequeña de ellas, una niña aún, dice que volvamos a casa, que esto no tiene buena cara, que el cielo sobre el camposanto está negro como boca de lobo.


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Quizás sea lo mejor. Las mujeres paran su andar. Ese día no podrán acudir a su cita de medianoche con el monstruo del cementerio. No son ellas solas. Otra mucha más gente también detiene su paso y vuelve su caminar. La desilusión se mezcla con el miedo a la tormenta que se avecina. Un relámpago estalla a lo lejos, el vello de la nuca se eriza. La niña tiene razón, volvamos a casa.

Todo empezó hace unos pocos días en la cruz que hay en el cementerio viejo. Una cruz exenta de la altura de un hombre, en mitad del patio. A medianoche, dicen, se aparece un monstruo, quizás un fantasma, da tres vueltas solemnes alrededor de ella y luego, despavorido, corre en varias direcciones. Hay quien asegura que el monstruo tiene tres cabezas, otros, que solo tiene una pero que va acompañado de otras dos testas sangrantes.


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En Tomelloso hay alarma. La gente del pueblo está inquieta. Muchos vecinos, mujeres sobre todo, acuden a medianoche por si pueden ver al fantasma… sin suerte.

La noticia, llevada por el corresponsal de El Pueblo Manchego, salta a la prensa el martes 6. Al día siguiente, el periódico madrileño El Sol también la recoge, junto al vitoriano La Libertad y el salmantino El Adelanto. El jueves 8 de agosto, es el ABC quien se hace eco de ella.


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Los titulares son propios de un Halloween que, ni se sabía por estas tierras que existiera, ni se tenía la más remota idea de que algún día se fuera a celebrar. Unos titulan “Un monstruo en el cementerio”; otros, cambiando la naturaleza del ser, “Un fantasma en un cementerio”; algunos, dudando de su naturaleza, “¿Los duendes?”; el ABC, más serio, la rotula “El miedo a los fantasmas”; pero es sin duda El Adelanto quien ofreció el encabezado más truculento, el más propio de esta nueva fiesta de ahora: “El monstruo de las tres cabezas… aparece en el cementerio”.

Desde El Sol se supone que es un bromista quien lleva a cabo estas “apariciones” y apremia a las autoridades para que lo castiguen, pero es El Pueblo Manchego quien más se ensaña con el caso… y con Tomelloso. Para su corresponsal, parece increíble que en pleno siglo XX puedan difundirse tales absurdos, lo que vendría a demostrar “la palpable ignorancia de este pueblo”.


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Nuestras vecinas, ajenas a esta polémica en la prensa, y tras la decepción de no haber podido ir a ver al monstruo, apresuran el paso. Esa tarde noche de viernes, poco antes de las diez, como si el fantasma hubiera sido en realidad un mal augur, una espantosa tormenta se desata sobre Tomelloso y sobre toda La Mancha. Los truenos y los relámpagos, el agua torrencial, hacen olvidar a los tomelloseros su primer Halloween. El fantasma, con sus tres cabezas, huye de nuestro cementerio viejo para no volver nunca más. La cruz del patio, años más tarde, ya después de la guerra, también desaparecerá.

La más pequeña de nuestras vecinas, una niña entonces y ahora una anciana, todavía lo recuerda.

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