Esta costumbre de besar el pan me la inculcó mi abuela materna, y siempre lo vi en casa. Viuda de guerra pasó lo suyo, y no solo hambre, pero entre otras penurias, la falta de pan fue una de ellas. Por eso como muchas y muchas familias de las de entonces, cada vez que caía el pan al suelo lo limpiaban con su mandil y después lo besaban para tirarle el pellizco. Eso lo vi de mi abuela, de mi madre, pero mis hijos no lo vieron de mí. Los efectos del hambre han saltado ya la generación.

Besar el pan era un acto de gratitud, de reconocimiento de la valía de lo cotidiano. El que careció de algo y tuvo la oportunidad de conseguirlo, lo apreciaba hasta el punto de besarlo cada vez que caía al suelo.



Mis hijos no han besado el pan, no son herederos de la pobreza, pero sí de la dignidad. Pequeños actos como estos van cargados de una alta dosis de aprendizaje, agradecimiento y dignidad.

La importancia de las herencias no está en lo material, la herencia importante puede estar en el beso de un trozo de pan.



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