Cuando las campanadas desde la Puerta del Sol eran en blanco y negro y los langostinos un artículo de lujo.
No había fotos, solo momentos para el recuerdo.

La mesa en casa era sencilla, el mantel y la vajilla para las ocasiones salía del aparador de año en año. Nada de candelabros, caminos de casa, centros de mesa, el mantel blanco bordado por mi madre para su dote y la vajilla guardada con esmero con papel de periódico.

Mi padre a primera hora de la tarde ponía la estufa en el salón para que estuviera caldeado antes de que llegaran los abuelos. El salón, como el mantel y la vajilla, se utilizaba exclusivamente para este tipo de eventos anuales.
Mi abuela llegaba cargada con una fuente de uvas que había conservado en el porche desde la vendimia de septiembre, las uvas ya casi pasas venían ya contadas, doce para cada uno. Y botella de anís en mano, mi abuelo, su digestivo preferido para después de una copiosa cena.

Todo era sencillo si no fuera por el exceso de mi madre con el espumillón y las bolas de colores que rodeaban cuadros y lámparas….
En la Puerta del Sol todo era en blanco y negro, pero mi casa os aseguro que nunca careció de color, entonces no había selfies, ni felicitaciones por wassap, nadie miraba el móvil.

Mi madre siempre lloraba después de las campanadas y mi padre lo primero que hacía era besarla, para mí era el momento más mágico de la noche. Entonces cerraba los ojos y pedía un deseo: “Que siempre sea así la Nochevieja”.

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