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Cada cierto tiempo, periódicos y revistas especializadas publican los resultados de ambiciosos y complejísimos estudios científicos realizados con unos medios técnicos que resultan ser  impresionantes. Uno de los últimos proyectos que se han llevado a cabo ha tenido como objetivo intentar desentrañar una vez más el origen de nuestro universo, al menos del universo que conocemos hasta ahora, el descubrimiento del origen de la materia.



El lugar donde se está llevando a cabo el citado proyecto se encuentra ubicado en el centro de Europa en el Gran Colisionador de Hadrones, un círculo de veintisiete kilómetros en las fronteras entre Francia, Italia y Suiza, donde se impulsan átomos en distintas direcciones con la finalidad de hallar información de las colisiones existentes entre ellos y que serían los causantes de la formación de la masa.

Pues bien, parece ser que como resultado de las investigaciones realizadas, estos científicos dicen encontrarse próximos a descubrir una partícula subatómica denominada científicamente “bosón” de Higgs a la que han bautizado de una manera irónica como la “partícula de Dios” por la creencia de que en ella se encuentra el secreto del origen del universo.

 El objetivo de todos los proyectos de este tipo parecen perseguir siempre un fin que resulta ser el más ambicioso para cualquier científico: descubrir el origen de todo lo que existe. En este caso se trata sin duda de un proceso físico nuclear admirable en el que la legítima curiosidad por el conocimiento que rodea al ser humano tiene aquí un exponente extraordinariamente importante.



 Independientemente de la enorme trascendencia y calado que este u otros descubrimientos tienen sin duda alguna para la ciencia, resultan ser en todo caso unos procesos estacionales, nunca definitivos debido a que el elemento descifrado siempre remite a otro interrogante anterior en esa cadena del misterio científico por descubrir. La convicción o la creencia de que estos trabajos puedan dar algún día con el Alfa de la existencia material, lo cual significaría algo tan vertiginoso para la mente como descubrir que tras ese hallazgo no existe ya ninguna otra realidad, no puede llevarnos además a pensar que estaríamos también ante la prueba de la existencia o no existencia de Dios, como si al final de ese proceso y detrás de su último elemento, detrás de la partícula más básica reconocible por la ciencia, pudiera aparecer el dedo del Creador…o la nada.

«Dado que existe una ley como la de la gravedad, el Universo pudo y se creó de la nada. La creación espontánea es la razón de que haya algo en lugar de nada, es la razón por la que existe el Universo, de que existamos. No es necesario invocar a Dios como el que encendió la mecha y creó el Universo». Stephen Hawking.

Hawking mantiene que el origen del universo posee una explicación física y probablemente tenga razón; es más, un origen de otro tipo no parece tener ninguna lógica. Ahora bien, decir a continuación que por eso Dios es una redundancia para explicar el origen del universo es ya “harina” de otra ciencia y de otro saber, Dios u otro concepto que escape a lo meramente empírico.



 Porque con esa afirmación, Hawking, lo que pretende es explicar un fenómeno que siendo físico en sí, atañe también a otras cuestiones de distinto orden y que hacen referencia a otras esferas del saber; en el fondo Hawking con ese interés por demostrar que todo es pura física, que todo lo demás es consecuencia de una especie de “ley física original”, confunde el concepto de origen del universo con el origen de la existencia, de todo lo que realmente existe; con esa afirmación universal no solo pretende ningunear ya “lo divino” sino también todo lo que hace referencia a lo abstracto y a lo transcendente haciéndolo en base a un descubrimiento, el suyo, que corresponde a otro ámbito, a la esfera de lo comprobable o evidente.

Hawking sostiene además que la materia proviene de la nada como un fruto de la casualidad. La nada y la casualidad, dos conceptos que, por su propio significado no parece puedan ser relacionados. La nada es la “ausencia” mientras que la casualidad es “presencia coincidente” aunque pueda resultar difícil, de unas realidades, llamémoslas como queramos, pero que ya son y existen. De lo contrario estaríamos ante algo parecido a un parto realizado por alguien que es estéril, algo absurdo.

El problema antropológico para el ateo que busca honestamente la verdad del origen de la existencia y en concreto del hombre en la pura evolución, se encuentra precisamente en esa posibilidad de preguntarse sobre su origen. Que el hombre sea el eslabón de la creación que sigue al orangután o al chimpancé no es un problema actualmente para la Fe, es más, tiene una lógica aplastante que el hombre sucediera al primate más evolucionado; que el Creador preparase la llegada del alma en un cuerpo suficientemente dotado de capacidad mental para albergarla.



 Sin embargo lo que si tiene que admitir Dawkins y cualquier honesto científico es que, “en un determinado momento”, en esa evolución que se estuvo dando en la escala animal a través de millones de años surgió un discontinuo cualitativamente esencial desde un punto de vista socio biológico y etológico que ni se dio antes ni se ha dado después.

Porque no es lo mismo que un animal cambiara su forma de andar o su capacidad para saber sobrevivir a que comenzara a preguntarse, a pensar, a discernir y a optar, es decir a tener conciencia inteligente y ética de lo que es y de lo que hace para responderse a sí mismo.

Fermin Gassol Peco



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