Salones Epilogo

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Querido Julio:


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Como ya ocurrió con el maestro Echevarría, la ocasión bien merece apartarse de la arraigada costumbre de destinar la recurrente (por semanal) Carta Imposible a un natural de Tomelloso.

El motivo de esta epístola no es otro que agradecerle, del modo más rendido que usted pueda imaginar, el magnífico trabajo de compilación que, en su obra “Diccionario tomellosero”, ha llevado a cabo y que demuestra cómo, en ocasiones, solo los foráneos son capaces de percibir la grandeza que atesora lo que, para otros, se alza, quizá por proximidad y cercanía, en irrelevante o nimio.


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Las páginas del documento destilan, aparte de un denodado y constante esfuerzo en el entendimiento de la peculiar idiosincrasia de los tomelloseros, el mayor de los cariños a una localidad (y sus gentes) especial (por méritos propios) como la nuestra.

Pero, además, y quizá como nudo arquitectónico de su brillante estructura, el Diccionario se aleja de la explicación etimológica, permitiendo a su lector percibir, de un modo más que claro, la inconmensurable expresividad de un lenguaje tan específico como el “tomellosero” sin necesidad de utilizar el resorte de una explicación que podría, en muchas ocasiones, envilecer el carácter llano y afable que preside el mismo.


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Su obra, Don Julio, viene a llenar un vacío (en papel) que, solo de modo parcial y fragmentario (en lo que hace a nuestro peculiar sentido del humor), se hallaba cubierto por los antiguos libros “Chistes de Tomelloso” (1990), de la editorial Amenos Edimán, cuya autoría respondía a (un claramente embozado para la ocasión) Lotario de la Fuente, y su homónimo (1995), de Perea Ediciones, firmado por Juana P. Angorena.

Sepa, asimismo, que aplaudo su magnífica iniciativa de acercar la grandeza de Tomelloso a los escolares, mediante la presentación gráfica que ha creado (en la que alaba el espíritu de nuestra localidad y sus gentes), y que servirá, a buen seguro, para que los infantes (y no tanto) comprendan, un poco mejor, la suerte con la que cuentan al haber nacido en estos peculiares parajes.


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A buen seguro, en manos de muchos de ellos caerá (también) su Diccionario y se sentirán orgullosos al intentar encontrar, entre sus líneas, los motes de sus antepasados que (calados con boinas) actuaron como transmisores orales de este folklore y sapiencia que es la jerga popular de nuestro pueblo.

Muchas gracias, señor Pérez… para mí, un tomellosero más.



Dios le guarde mucho tiempo.

El conductor escoba (sabrá perdonarme que me prefiera guardarme mis “motes” [o “alias” como usted los denomina]).

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