Salones Epilogo

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Han de servir, forzosamente, mis primeras palabras para transmitirle mi enorme pesar y dolor por la muerte de su hijo, el insigne poeta y flamencólogo, Félix Grande, al que, ahora, todos, sin distinción, lloran, públicamente, en su lamentable y cruenta pérdida.


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Con él, efectivamente, se marcha una figura excepcional de las letras españolas, un guardador del arte flamenco, con el respeto y la calidad que destilan los genios que se sienten atraídos por el arte, y, sobre todo, un hombre comprometido con los rigores de la injusticia social, de aquéllos que acentúan y subrayan el terror y lo insostenible de la desigualdad, pese a quien moleste y duela a quien trastorne.

Quizá le sorprenda, amigo Félix, que me haya decidido, hoy, a convocarle en esta carta, a usted a quien, a buen seguro, deberíamos dejar descansar tras sus sufrimientos terrenales. Lo hago, única y exclusivamente, para llamar su atención sobre la escasa capacidad de cambio de nuestra sociedad, algo que, asumo, no extrañará a usted lo más mínimo.



España, su España, el país que hoy vivimos los que nacimos entre los linderos de este Reino, continúa siendo la patria de Abel y Caín y, desafortunadamente, el ejemplo de tanta sangre derramada en el conflicto fratricida aún no ha servido para generar una sensación de unidad nacional y sentimiento de pertenencia sin rencillas y sin rencores.

Me preocupa, como lo hacía a usted, que algunos escapen a la realidad, en sus discursos laudatorios y obituarios a su hijo, utilizando el lenguaje como subterfugio para esconder el motivo por el que Félix, nuestro Félix, se vio obligado a nacer fuera de Tomelloso. Una muestra más, dolorosa, de que la venganza entre hombres y hermanos, quizá, no se haya convertido en los golpes de ese viento que, como en el poema que le dedicó a usted el académico mexicano Hugo Gutiérrez Vega, “dan sentido al presente, al futuro, a la memoria”.


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Será por ello que algunos no hemos olvidado aquella tarde en la que, cuando al joven Félix (el que luego sería poeta) le regalaron una camisa azul en el colegio, usted, con la firmeza de un padre contrariado por el devenir, habiendo pagado con penas de arresto y cárcel el peso y la defensa de sus ideales, le prohibió estrenar esa prenda que, por momentos, se transformaba en el hábito del terror vencedor, en el color de la opresión supérstite, en la luminiscencia de un régimen que dirimió que los perdedores habrían de sufrir las penalidades de no comulgar con la victoria.

Espero que la reunión con su hijo en ese otro mundo, al que van los poetas y los hombres valientes, les reconforte a ambos y que, sin la presión del tiempo por vivir, disfruten de los atardeceres compartidos ante una copa de vino (manchego) y el quejío insuperable de un cantaor tocado por el duende.


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Le mando mi abrazo, de compatriota, y, aunque no común en pensamiento, libre defensor de las libertades (de todas libertades).

Larga vida (a nuestra libertad).

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