Salones Epilogo
zapatero
Foto: rubillon.es

Mi muy querido Antonio.

Estará usted pensando a cuento de qué viene esta carta que servirá para distraerle de sus cotidianos (y, a buen seguro, más relevantes) afanares.


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Y, ciertamente, es que quien esto escribe se paró a recuperar la filosofía que propició el nacimiento de esta sección (cuestión que, en determinados momentos de vorágine de la actualidad, se obvia). Ya sabe, la de recoger a héroes caídos y colocarles en la palestra para ensalzar su trayectoria callada, y convino (en una especie de debate interno que no viene mucho al caso) dedicar su expresión (esta nueva entrega) a la figura de un hombre (cotidiano [y, por ello, irrepetible]) como usted.

Querido Antonio, son ya bastantes los años que han pasado desde que decidiera cerrar su establecimiento y, con él, se interrumpiera una tradición de cuidado y respeto al oficio de zapatero (del arreglo de esos instrumentos y herramientas indispensables para aventurarse, seguro y calmado, por el buen camino [o el mejor de los existentes, que nuestra peregrinar no siempre nos permite elegir]) y a una denodada entrega a las necesidades de todos sus clientes.


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Los que guarden memoria (y años), le recordarán sentado en la butaca de su taller de la calle Belén (rodeado de miles de zapatos), tocado con su impenitente mandil y concentrado en la labor. O, tapada la boca, pasando a rodillo un par de zapatos previamente arreglados (con esos “filis” o las tapas que, cuidadosamente y con profesional esmero, había cortado a cuchilla).

Eran jornadas muy largas, de extrema dedicación, en las que no extrañaba adivinar la luz eléctrica, una vez echadas las cortinas y la persiana metálica, para robar horas a la noche (y a la familia) y, de este modo, no fallar a la palabra comprometida con algún usuario.


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El tiempo (ese Juez ecuánime que no perdona en sus sentencias) ha pasado y algunos que acudían a verle con la ingenuidad y la sorpresa de los más tiernos infantes, ahora peinan canas y, fruto de sus vivencias (y algún que otro inesperado golpe de realidad), han trocado la mirada limpia en una mueca de indiferencia (e indolencia, las más de las veces).

Pero, sea como fuere, ninguno olvida el empeño que ese hombre (usted, querido Antonio), apenas advertido entre la exigencia de la labor, ponía para que su trabajo (gremial, artesano) se considerara excelente y adecuado.


DipuCR – Sabores del Quijote

Persona, en suma, como usted, que siempre nos ha hecho la vida un poco más sencilla (y cómoda).

Gracias, amigo.


DipuCR – Sabores del Quijote

Que disfrute de la vida (de toda su vida) y que Dios le bendiga, amigo.

El conductor del coche escoba

EURO CAJA RURAL PIE

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