Salones Epilogo

cementerio

Como yo a ustedes no les voy a preguntar su nombre, supongo que tampoco viene a cuento que yo revele el mío (se olvida, con excesiva recurrencia, que el principio de proporcionalidad es uno de los que mejor asegura la buena y pacífica convivencia).


MANCHATEL – FIBRA ORGANGE INLINE

Tengo mis motivos para escribir esta carta y respeto que ustedes puedan secundarlos o aborrecerlos (lejos de mi intención pretender pontificar [y aquí el verbo importa e interesa]).

Miren, ostento el (muy dudoso) honor de ser uno de los más olvidados y, sin embargo, mi historia ha sido objeto de narración (ficticia, en ocasiones, y más ajustada a la honestidad, en otras) en múltiples (y variados) momentos.


Hidymec

Sobre “mi caso” (y perdonen lo que alguno tomará como narcisismo), escribió Pavón (en uno de sus cuentos, creo que en “Los Liberales”, si bien nunca he sido hombre muy versado) pero, quizá no tan curiosamente, el mismo narrador (poco afecto a los totalitarismos pero de familia acomodada o “bien”, que se decía antes) obvió referir los luctuosos sucesos acontecidos en su popular y celebrada “Historia de Tomelloso”.

He tomado conocimiento, con el tiempo, que Francisco Ramírez, el conocido como “El Obrero”, consignó en un cuaderno de notas que quien esto escribe “enloquecido por el vicio” (vayan ustedes a definir como consideren “vicio”; yo era yesero y conocía lo que significaba la palabra hambre, por si les puede servir de referencia) remitió un anónimo a Vicente Borrel (Párroco de la ciudad).


Hidymec

En dicha comunicación, a la luz de lo consignado por Ramírez, pedía (yo, “El Pichele”) que el Cura depositara un sobre con tres mil pesetas en un determinado lugar del cementerio, amenazando de muerte al religioso para el supuesto de incumplimiento de lo referido.

Azares de la vida, Borrel puso en conocimiento de la Guardia Civil el asunto y me tendieron una trampa. Cuando en la fecha y hora convenida en mi anónimo, el Páter dejó el sobre en el sitio indicado, los Guardias, emboscados en una zanja cercana y armados hasta los dientes, me dieron el alto. En mi intento de huida, no dudaron en abrir fuego y alcanzar mi cuerpo hasta provocarme un desangramiento que me propiciaría la muerte, varios días después, en los (limitados) servicios médicos de la Cruz Roja.


SAT San Jose

Al Cura (que no era hombre especialmente querido en Tomelloso) le dio medicina de muerte un pueblo que se abocaba a la sinrazón del conflicto fratricida y aunque pudieran pensar que me reconforta su asesinato (como si de una suerte de justicia poética se tratara), jamás justificaré ningún tipo de violencia (ni por ideales, ni por creencias, ni, tampoco, por represalia o venganza).

Les dije que tenía mis motivos para escribir esta carta pero no que los fuera a compartir con ustedes. Ya saben que, en nuestro pueblo, somos de palabras justas y el excesivo adorno en lo parlamentado provoca, en ocasiones, obstáculo en el (mejor y más puro) entendimiento.



No busco su piedad (asumo que obré mal desde un punto de vista legal), ni tampoco su alineamiento… y ya estoy hablando de más.

Les deseo el bien… y, sobre todo, la paz.


Hidymec

Aléjense, si pueden (en su humana cortedad), de las “locuras” y los “vicios”.

El Pichele.

EURO CAJA RURAL PIE

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