Salones Epilogo

Antonio-Lopez-Fundacio-Sorigue-tomelloso

Querido maestro (a pesar de nuestra cercanía, me resisto a llamarle Antonio; la calidad de su ingenio me impide franquear esa barrera en el tratamiento):


Virgen de las Viñas

Le escribo con el miedo y las cautelas con las que una obra trata a su creador, sabiendo de antemano que, posiblemente, mis palabras atormenten sus pensamientos y le importunen o distraigan en su genial órbita creadora, algo que jamás que sabría perdornarme.

Desde mi descanso en la sala contigua a la Capilla Real del Palacio Real de Madrid, ahora que se cumplen algo más de diecisiete años desde que le fui encargado, le extraño, hondamente, durante sus ausencias. Y espero, con una descarga incontrolable de adrenalina, el sonido del chirriar de los goznes de las puertas que anuncia su llegada, pertrechado con sus pinceles, pinturas y cuadernos llenos de bocetos y anotaciones.



Nadie como yo conoce de sus interminables vueltas, de sus devaneos (modificando las posiciones de los retratados, colores y perspectivas), de las disputas internas que, como usted ha afirmado con sencillez e incontestable rotundidad, le han impedido resolver(me) con anterioridad.

Y le advierto ajeno a aquellas voces (maledicentes) que le acusan de haberse vencido al poder y al oropel, genuflexo ante un mandato que, dicen, jamás debió aceptar. Ellos, pobres, que aventuran opiniones humanas ante la obra de un genio. Ellos, inútiles y zafios, que fracasan a la hora de interpretar su sentencia relativa a que la relación de un pintor con su cuadro es amorosa y que, por ello, en ocasiones, se hace necesario dejarla, para que se mantenga renazca… viva, pura y verdadera. Ellos, los mismos que olvidan, mientras admiran embelesados en el Museo de Arte Prefectual Nagasaki, los veintiséis años (de amor, de sinsabores, de cuitas, de vida) que usted dedicó al retrato de Francisco Carretero.


Hidymec

En alguna de estas inhóspitas madrugadas, arredrado en mi privilegiada estancia (una cárcel dorada con un exiguo régimen de visitas), me interrogo sobre si, en ocasiones, tentado por ese impulso titánico que mueve su creación, no se habrá visto, maestro, impelido a no concluir(me), permitiendo que los retratos de la Familia Real se acomoden a esa inspiración (última) que le asaltó… Lo medito ahora, presumiéndole envuelto en el baile de fantasmas que rondan su cabeza ante la posibilidad de ofrecer su esfuerzo al juicio del gran público.

Y, por todo, le perdono y le entiendo… En sus dudas, en sus (in)decisiones, en sus impulsos. ¿Cómo no hacerlo?, si no soy más que su amante, su criatura…


DipuCR – Sabores del Quijote

Desde el más hondo respeto le transmito mi más sincero saludo y grata admiración.

EURO CAJA RURAL PIE

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