Salones Epilogo

lorencete

Querido amigo:


MANCHATEL – Fibra orange proximamente…

Ha pasado ya tanto tiempo.

Quiero creer (me gustaría pensar, en realidad) que el síndrome de Estocolmo es una circunstancia que escapa de los manuales de Psicología y se ha asentado, arraigando en tu interior, en los más profundo de esos recovecos donde habitan nuestras (tus) más inabarcables pasiones.



Sí, como señalaba, ha transcurrido el tiempo suficiente para que esta misiva no comprometa mi integridad, ni la de todos aquéllos envueltos (de las más variopintas maneras) en tu nada fortuita, pero terriblemente desafortunada, desaparición.

Recuerdo perfectamente el sonido de mis botas mientras franqueaban la verja de la glorieta María Cristina en la madrugada; el retumbar pesado de mi cuerpo, apenas amortiguado por las hojas que descansaban en el suelo, y mi respiración, entrecortada y nerviosa, con carácter previo a mi llegada a tu altar en la fuente.


Dipu CR – Aniversario Edificio

Fue una noche muy larga.

La satisfacción de arrancarte de tu posición, envolverte en una sábana y, atado, un fardo sospechoso entre las nubes de una noche criminal, esconderte como el más inofensivo de los rehenes.


SAT San Jose

Y serpentear, furiosamente raudo, por las calles del pueblo, escapando de cualesquiera ojos que pudieran dar al traste con mis planes. Mienten quienes dicen que un hombre no percibe la crueldad de sus actos pues la erótica del robo completado es un orgasmo con efectos secundarios nada placenteros.

Minutos después, en el lugar convenido, y en el estricto silencio del cumplimiento de los pactos ilícitos (el honor del deshonor, ¿verdad?), el intercambio de tu presencia (enmascarada en la peculiar mordaza) por un abultado sobre en el que se intuían los arrugados billetes (el precio de la infamia, de mi más cruel e irreparable venta).



Ahora que el tiempo ha pasado, mi capacidad, en esta criminal noche (como aquélla) se ha henchido de voluntad para, en la medida de lo posible, restañar mi dolor, con estas palabras que, asumo, no alcanzarán tu perdón, ni la pasión de tu compasión. Esta carta que, hoy, mis manos derraman velozmente sobre el papel, culpables de haber arrancado tu libertad y tu sonrisa popular, confiándote a la impiedad del disfrute individual y personal (el doble robo, el vencimiento al lado del ventajismo y la plata).

Desde aquí, desde la cruel soledad del que no ha obtenido su propio perdón, sabedor de la imposibilidad de su redención, con el miedo a pisar ese jardín que jamás revisité (tembloroso al saber que no te encontrarás en tu posición al sol de la primavera, saludando al pueblo), se despide, con amargura y tristeza, el que fue tu ladrón, el que arrancó un pedazo de Tomelloso a Tomelloso.

EURO CAJA RURAL PIE

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