Salones Epilogo

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Son tan escasos los placeres humanos que conviene no olvidar su cuidado, apreciando, hasta el mínimo detalle, su custodia y transmisión.


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O, a los extremos que a esta carta competen, y en las más doctas palabras del Cantar de mío Cid (en concreto, en su Ciento quince castellanos se destierran con el Cid, “Grand yantar le fazen al buen Campeador;  tañen las campanas en San Pero a clamor. Por Castiella oyendo van los pregones cómmo se va de tierra mío Cid el Campeador…”.

Por ello, acodarse en la barra de Lauticia cuando hay sitio (que es hecho tan inusual y episódico como que nieve en el desierto del Gobi) es uno de esos momentos en los que el espíritu se relaja hasta límites insospechados y descubre (escenifica) la esencialidad de esos instantes en los que la urgencia pasa a un segundo plano para resultar vencida por la importancia de vivir (de sobrevivir, al calor de una grata conversación y la mejor de las compañías).


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Gran parte de culpa, la tiene usted, buen amigo Don Felipe, que, con su carácter jovial y su impenitente “al fondo hay sitio”, nos acoge en su casa (taberna de tradición, que aborda [suprema] el camino a los cuarenta años de vida, y de una calidad imparangonable), al amparo de uno de sus magníficos vermuts de grifo y una carta de raciones que uno podría repetir de memoria (como las alineaciones de nuestros equipos de fútbol que nos llevaron hasta lo más alto del éxtasis).

Esos suculentos manjares (huevos, gambas, bacalao, hígado, lomo…) servidos en auténticos (e inseparables) platillos que reparan las debilidades humanas y que convierten el pequeño (y angosto) local ubicado en la Calle de la Hermandad de los Donantes de Sangre en un auténtico templo de la gastronomía local (referencia obligada en el mapa de las degustaciones culinarias de nuestra región… y, por añadidura, de nuestro país).


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Por favor, síganos engañando, D. Felipe. Atráiganos, como marineros por el sugerente cántico de las sirenas, con su grito al micrófono en el que anuncia la salida de esos pecados veniales convertidos en gastronomía de altura.

Continúe haciéndonos creer que, por mayor que sea la afluencia a su establecimiento, usted nos seguirá tratando con esa cercanía y amistad que nos permite afirmar que, como en Lauticia, ni en casa…


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Y, sí, D. Felipe, oblíguenos (bendita carga) a extender nuestra estancia en su casa hasta (como es habitual) enfilar nuestra travesía al hogar con alguna que otra hora de retraso respecto de los márgenes temporales habituales (y cotidianos) observados para las comidas y las cenas.

Suerte y la más larga de las vidas.

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