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Bienquisto Eladio.


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Sé, más que de sobra, que los formalismos, entre nosotros, no resultan necesarios pero, es que, a estas alturas, cuando han pasado ya casi quince años de su desafortunada muerte, una comienza a perder cierta distancia con prácticamente todo y, como bien dicen los mexicanos, “si va a matarte, al menos hágalo de usted”.

Mis palabras de hoy solo quieren recuperar algo de su gran calidad poética, porque en una España que sigue sufriendo los azotes de una crisis económica y financiera, larga y tremebunda, como pocas se recuerdan (básicamente desde que el capitalismo gobierna nuestras vidas), la sensibilidad de su cuidada lírica encarna, a la perfección, el espíritu de lucha y sencillez, unido al respeto, que debería de presidir el discurrir de las etapas vivenciales más empinadas, insuflando ánimo para la superación de los instantes más complejos.


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Como, a título de ejemplo, en su galardonado poema “El Pan”:

Poned el pan sobre la mesa / junto al vaso de agua / ponedlo con solemne esmero sobre la mesa / por ese sitio donde el sol dora el mantel, hilo a hilo / y decid a los vuestros que se sienten / a rezar el Padrenuestro /
de la comida en paz”.

Habrá quien vea (y critique) en sus palabras el sabor del autodidactismo, así como un excesivo celo autóctono y el castizo aferramiento al terruño que, los más débiles, querrán afear y desprestigiar, minorando el arte de su creación, y, sin embargo, dentro de la Generación del 50, y precisamente por esa visión más rural, fue usted el único poeta capaz de encumbrar la quietud de las tierras manchegas, el esforzado afanar de sus gentes, a las habitaciones en las que duermen, sensuales e inaccesibles, las musas de todo artista.


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Habrá otros que, encelados en la tradición oral (tergiversadora) se sorprendan de esa referencia creyente en aquél que vio morir a su padre, fusilado, por la sinrazón de una victoria que quebró hermanos y vidas, sembrando una semilla de maldad que, incluso, hoy no alcanza a hallarse restañada.

Sin embargo, los que acudan a su lectura con el corazón abierto, los ojos expectantes y la mente sin prejuicios, podrán observar la grandeza y el talento de aquél, que, con socarronería y humildad, tras sus quehaceres en la Biblioteca Nacional y la Editorial Taurus, traspasaba las puertas del Café Gijón para hacer parroquia con grandes como Gerardo Diego, Leopoldo de Luis, Buero Vallejo, Ignacio Aldecoa o el paisano Francisco García Pavón. Épocas en las que, para franquear la puerta del Café, uno tenía que haber leído, con detenimiento (y regocijo, que es como merece), el Quijote.


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Muchos se quedan con su faceta de poeta-albañil (resaltando la altura de su obra al contraponerla al [obligado] descuido de su formación) o con la de poeta-social (subrayando en sus versos la voz que clama ante la injusticia), y, sin que ello no le enaltezca, creo que pocos han leído con detenimiento esos poemas de amor que surgen de la mano de un hombre calmado y reflexivo como usted. Así, en el Último poema de amor:

Ayer fue amor. (Ayer, amor, ¿qué ha sido de la emoción aquella?) / A la mañana amaneció en mi frente un sol venido desde muy lejos, desde tu ventana / Hoy te hablo, amiga, / en nombre de estas manos y estos ojos perdidos de hombre ausente / que en ti soñó sus sueños más cercanos / y comprendió la vida de repente”.

Un amor que señala el camino hacia la esperanza, hacia el fin de los días (y de los dioses), hasta el descubrimiento de una importancia que usted mismo nunca quiso otorgarse.



Mi recuerdo (rendido), amigo poeta, de la que fue la máquina de escribir de su gran amigo Miguel Montañés, y en la que usted comenzó a destilar esa honda sabiduría y sensibilidad que puebla su creación literaria.

Mis respetos, siempre.


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