Salones Epilogo

fuegos artificiales

Para los que tenemos la vida más que mediada, la frase de “año nuevo, vida nueva” tiene el riesgo de convertirse con mucha facilidad en un deseo meramente formal. ¿Quién metido ya en las canas del tiempo tiene arrestos vitales para poder acceder a una vida distinta de la que está acostumbrado a llevar? La edad nos va convirtiendo de manera paulatina en unos seres domesticados, resignados y conformistas con esa caprichosa lotería con que la vida nos ha obsequiado.


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Por el pudor, la pereza, el miedo al cambio, la falta de ideas y las dificultades que encontramos, esa ilusión y sobre todo ese convencimiento de que un cambio es posible en nuestras vidas se va desvaneciendo con los años. Sin embargo a la hipotética pregunta que nos hiciéramos: ¿en qué consiste llevar una nueva vida? la respuesta que daríamos creo que sería unánime: ser algo más felices.

 Estrenamos año, una etapa más en esos convencionales periodos de tiempo en que tenemos dividida nuestra particular existencia. Un regalo éste el de la vida al que consideramos fácilmente como un derecho al que cuesta demasiado renunciar. El hombre es el ser más inteligente de la creación y quizá por eso sea el más paradójico; le cuesta mucho renunciar a vivir y curiosamente también a “seguir viviendo”. Sin embargo la vida, que siempre va a su aire, nos tiene preparados unos momentos sinceros, desnudos, sin trampa ni cartón, unos momentos tan límites que hacen a modo de profundo lavatorio de las impurezas existenciales vividas. Unos momentos que pueden servirnos de reflexión sobre lo que somos y tenemos.


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En su libro titulado “Los lamentos de los moribundos” Bonnie Ware, sanitaria australiana que trabaja en una Unidad de Cuidados Paliativos, analiza los motivos más comunes de arrepentimiento en aquellos que se han encontrado en el umbral de la muerte. Para las personas que han tenido la suerte de superar este trance, estos momentos vividos al límite les han supuesto unas experiencias tan profundas que han hecho percibir la alucinante sensación de nacer de nuevo y cambiar la forma de enfocar la vida una vez que se han restablecido.

Resulta sumamente curioso que la modificación en el comportamiento posterior se refiera sobre todo al hecho de vivir de una manera más auténtica, sin reprimir tanto los sentimientos, libres de tanto prejuicio y sometimiento social; a ser en definitiva más “uno mismo”. Tener la suficiente libertad para sobrevolar todas aquellas ataduras que sin darnos cuenta y día a día, nos iban haciendo menos fieles a nuestra verdadera identidad. Una experiencia involuntaria tan límite y arriesgada como clarificadora y liberadora. Quizá sea debido a la abismal diferencia que puede existir entre desearnos y proponernos un rutinario “año nuevo, vida nueva” a encontrarnos de nuevo con ese precioso regalo que es la vida.


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Fermín Gassol Peco

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