El evangelista Juan  dice lo siguiente en el evangelio de este domingo que es el II de Pascua: “Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y diciendo esto les enseño las manos y el costado” (Jn. 20,19-20).



Sigo con mi costumbre de pararme en un detalle de los que aporta la narración. Es el hecho de que “los discípulos están en una casa encerrados por miedo a los judíos”. Podría añadir por miedo a los romanos, a la gente, a los vecinos, a todo… porque su Maestro había sido ajusticiado en una cruz por imperativo del Sanedrín y de Pilato el gobernador romano.

Es normal que después de los últimos acontecimientos vividos y sufridos tengan miedo y se encierren.

El “encerrarse” es una actitud muy humana por lo que tenemos de pertenecía a la naturaleza y al reino animal del que formamos parte; propia de determinadas circunstancias, es una especie de defensa vital, nos encojemos, intentamos enroscarnos en nosotros mismos.

Lo que pienso y dudo es si esa actitud debería ser propia también de gente con una sana personalidad y además disfrutando de la fe en Cristo el Resucitado.

Cuando uno se encierra, vive y respira un ambiente retestinado y mal oliente, enfermizo, de cárcel.  Se hace viejo en el sentido peyorativo de la palabra, es decir, obsoleto, sin sentido.

Cuando esta cerrazón se da en el ámbito intelectual nos quedamos con conocimientos  trasnochados, de tiempos del colegio, de niños. Nuestro cerebro se atrinchera en lo que está seguro y teme nuevas ideas que pongan en peligro las ya existentes.



La sensación que tiene el que se encierra es de una aparente seguridad, de estar al socaire de los peligros, de los ataques posibles e imaginarios enemigos.

Pero cuando se da en el ámbito de la fe los efectos son todavía más devastadores, porque a las consecuencias anteriormente detalladas  hay que unirles las propias de una religión mal entendida.

Es el miedo de las personas que ante las dudas de religión se enquistan en lo que es tradicional, para así no equivocarse y salvarse el día de su óbito. Quieren presentarse “en el juicio final ante el juez-Dios” con la conciencia tranquila más que en paz.  Porque tranquila sería “sin remordimientos”. Mientras que en paz incluiría de modo inexcusable una absoluta confianza en Papá-Dios. Pero a esto ya no llegan.

Los encerrados de fe quieren estar seguros y practicar lo antiguo, lo tradicional, lo tridentino;  aquello que para ellos está suficientemente demostrado como teológicamente cierto. Lo emitido “ex cathedra” por algún papa refrendado por su infalibilidad. Sólo lo incluido en el Código de Derecho Canónico. Lo únicamente aprobado por la Congregación para la doctrina de la fe. Las enseñanzas de los más rancios purpurados.

Cualquier movimiento relativo a su religiosidad por parte de los que no son de antaño reconocidos como cristianos, lo consideran persecutorio contra su catolicismo afianzado e indestructible por la longevidad de sus días junto a la práctica procesionaria en los momentos solemnes.

Estos enclaustrados mentales están castrados para las actividades humanitarias que no sean caridades. Contabilizan sus donativos con monedas de céntimos arañadas entre las pelusas del monedero de trapo.



Calientan con su culo bancos de iglesias al tiempo que cuchichean sus críticas despellejando a la hija de la vecina,  lanzan chilindrinas al viejo viudo de la esquina. Y salen del templo con la placidez de conciencia tras el “padrenuestro” (el de antes no el de ahora) a la estatua del  santo de su devoción.

En el fondo son los fariseos y escribas esclavos de sus leyes viejas y carcomidas, amarillentas por los años y enfangadas por tantas acciones erradas en tantos intentos fallidos de aparentar  perfección.

Frente a esto, ante los “discípulos encerrados” suena la voz del Resucitado: “La paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado así también os envío.” Es decir: ¡Hola, buenas tardes!. Por fin estoy de nuevo con vosotros. ¡Que se pase el tiempo del miedo, hay que salir ahí, venga afuera! (ahora nos lo repite constantemente Francisco, el Papa) ahí donde la vida salta a raudales, donde la gente se quiere y se respeta, donde hay primavera, donde el aire huele a rosas y a hierba nueva.

Abrid las ventanas que entre el Viento del Espíritu y limpie las telarañas viejas, que se purifique el aire tantas veces respirado y sudado por el miedo de la muerte. Destapad  el olor del perfume preparado para una sepultura eterna que no llegó.

“Soy yo mismo” les repetirá cada vez que los encuentre tristes y les pedirá de comer y los hará reír felices y volverán, aunque sea de noche, a los hermanos para regocijar su experiencia de Emaús.

Basta de tantas cerraduras, bloqueos, fronteras, celdas.  Hay que abrir puertas y ventanas y gritar al mundo que el Crucificado está Vivo y va delante de nosotros por las calles a la sombra de cada ser humano.

Únicamente que si tus ojos solo ven la oscuridad, malamente vas a ver la luz.

No podemos recelar de lo nuevo por la precaución de que resulte pernicioso. No podemos pasar la vida con el ancla echada por desconocer el horizonte. No podemos dejar de andar por desconocer el camino.

 



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