El ser humano siempre quiere más, siempre busca ir más allá, llegar más lejos en el espacio, surcar con más profundidad los fondos del océano… o tener una televisión más grande. ¿Quién recuerda cuando se reunía media familia y vecinos de toda la calle a ver la única televisión que había en la manzana? Colocada discretamente en una esquina, mientras que los espectadores, a modo de anfiteatro, se disponían a su alrededor para contemplarla. Aquello era el final de la década de los cincuenta, el principio de los sesenta y, en gran parte del país, estas escenas se repetirían hasta los años setenta.

Hoy nuestra ventana ya no está fija en la sala de estar, ahora es móvil, inalámbrica, nos cabe en la mano y la podemos personalizar. Mientras que la tecnología persigue reducir el espacio que ocupa cualquier máquina, cuando hablamos de pantallas ocurre lo contrario. La imagen, como protagonista de nuestra comunicación, exige más pulgadas, más resolución y más zoom, cada vez necesitamos sentirnos más cerca de ella. Como el detalle tan minucioso en las obras del tomellosero Antonio López García, queremos que cada hoja de la vid o cada brillo en el espejo estén tan definidos en nuestras fotografías como lo hacen las manos del pintor realista.



Además, estas ventanas nos conectan, nos acercan a nuevos lugares y aproximan nuestra tierra a otras personas, como, por ejemplo, a las, ya bien conocidas en las plataformas digitales, bodegas de Tomelloso que participarán en la Ruta del Vino de la Mancha de esta nueva temporada, actividad que los amantes del enoturismo no pueden perderse. Tarea de comunicación y divulgación que también se realizará esta semana en FITUR, donde además se presentará la ciudad con su seña de identidad para el año 2019, el centenario del nacimiento de García Pavón.

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Actualmente podemos llamar por el mismo precio sin importar el lugar en el que estemos, viéndonos cara a cara y escuchándonos a la perfección. Los teléfonos inteligentes nos permiten conectarnos, mantener la comunicación, aunque estemos lejos y, por lo tanto, acercarnos a nuestros seres queridos. Hemos pasado de jugar solos al juego de la viborita a poder hacerlo en una red de cientos de personas, ya sea a través de los juegos de rol o de los casinos móviles, donde podemos encontrar desde el blackjack hasta la ruleta o el bacarrá en versiones en vivo, con cupieres de carne y hueso. Aquello de desplazarse al “cyber” que estaba más cerca para poder jugar a tu juego favorito o acudir al casino de la ciudad ya no es opción única para disfrutar del juego.

Nuestra comunicación instantánea está basada en imágenes, tomar una fotografía, retocarla y subirla a una red social forma parte de nuestro día a día. Así pues, la pantalla es nuestra interfaz, nuestra vía a la comunicación, al entretenimiento o al trabajo. Todos llevamos por naturaleza dos ventanas siempre con nosotros, los ojos, que, cada vez más, se complementan y llegan más lejos a través de esas pequeñas máquinas que portamos siempre a cuestas.



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