Salones Epilogo

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De los balconcillos y la barrera del tendido seis colgaban sendas banderas de Tomelloso y una de ellas, la de la barrera, unida a otra de España, con las letras de patria chica.


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Antonio Linares, mientras, se acodaba al ladrillo de la puerta de caballos, que da acceso al ruedo venteño. Restaban apenas cinco minutos para hacer su primer paseíllo como novillero en la plaza más importante del Mundo.

Le acompañaban algo más de cuatrocientos paisanos que, bien por autobús, bien por sus propios medios, se habían desplazado, puntuales, a las seis de una tarde encapotada y primaveral, a la arena mítica de la calle Alcalá.


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Asustó el tiempo cuando, sonando clarines y timbales (los que anunciaban a Dulcero, que abría plaza y que adoleció de los males de sus hermanos [falta de fijeza, casta y bravura]), unas mínimas gotas de agua hicieron acto de presencia.

Y muy poco sucedió, salvo un prometedor inicio de trasteo de Escudero que se diluyó en la pretensión (como vencida pasó lo que presagiaba tormenta gracias a un voluntarioso Sol), fruto de la eterna (y mala) costumbre de situarse fuera de los terrenos de la verdad, hasta que llegó el esperado momento del debut en Las Ventas del novillero tomellosero.


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A las 18.55 horas, Espartero, de la ganadería de Sánchez Herrero (nacido en mayo de 2011 y con 532 kilos de peso), pisó la arena madrileña y se encontró a Linares (rosa palo y oro) en las líneas del burladero del 7.

Espartero barbeó y quiso saltar en una ocasión al callejón y el saludo del novillero resultó deslucido.


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La primera puya la recibió el de Sánchez Herrero en los terrenos del 10, a trasmano, al huir del capote de Marco Galán el que, al intentar sacar al bruto del peto del caballo de Tomás Copete, volvió a encelar al novillo en los pechos del equino (y todo, todavía, en el 10).

Linares cambió el tercio y Presidencia (solícita, como acostumbra en este tipo de festejos de futuros valores), con el novillo no muy picado, accedió al trámite.


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“El Jaro” puso un buen primer par, al que Carmelo González respondió plantando las banderillas en todo lo alto, pero a toro pasado. En su segundo envite, “El Jaro” se vio precisado por la llegada de Espartero y solucionó el encuentro con oficio (Linares, mientras, tiraba de botijo para aprestar las telas).

El diestro tomellosero no brindó su primero y le recibió por bajo, lo que provocó que el flojo novillo besara, en dos ocasiones, el albero de Las Ventas.



En la segunda tanda, Espartero ya flaqueaba y Linares lo trataba de encender con sus muletazos, fuera de cacho, con la mano derecha.

Respaldado por sus paisanos, Antonio trataba de solventar la falta de fuerza de su enemigo y los tomelloseros chillaban solicitando una música que, como es bien sabido, no se oficia en Las Ventas.


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Con la mano izquierda, el novillo procuraba más dificultades, quedándose corto, y la danza duró bastante menos (al tiempo que, desde el 7 [y no sin razón] le pedían al tomellosero que se estirara en la cita).

Lo probó, de nuevo, por la diestra, pero no había más en el cuerpo de Espartero, por lo que se instaron los trastos de matar, no sin antes ejecutar una última tanda que concluyó con un desplante en la cara del novillo.

Linares mató arriba y pasaportó de inmediato al tercero de la tarde.

Y, efectivamente, la mayoría de la plaza (que casi era tomellosera) pidió la oreja (con pañuelos, gritos y demás algarabías) y el Presidente (Polo Ramos) concedió la oreja que fue rápidamente protestada por un sector de la plaza (en especial, el tendido 7).

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Nada, de nuevo, reseñable ocurrió en el segundo de Ruedas (que evidenciaba su falta de toros en los últimos tiempos) y el quinto de Escudero (quien, a fuer de ser sinceros, fue, de los tres, el que exhibió un mayor dominio técnico de la muleta [a la par que una manifiesta incapacidad con el estoque de cruceta]).

A eso de las ocho de la tarde, el segundo de Linares, Príncipe II (493 kilos de animal) se presentó en el anillo taurómaco de la Villa.

El segundo de la dinastía principesca arrebató el capote en el saludo de nuestro novillero y sonaron los clarines y timbales que anunciaban varas.

Miguel Ángel Infantes picó mal al encuentro de un novillo que Linares había dejado en los medios para ver si arrancaba al caballo. El segundo embroque fue también desabrido y, a mayor abundamiento, fuera de terreno (en el 9), por lo que la bronca en los tendidos era ya monumental. Hubo un tercer encuentro que participó de idéntica fatalidad y el Presidente admitió el cambio de tercio.

Galán solo pudo colocar (y mal) una banderilla. Carmelo González las puso en los bajos y, de nuevo, Galán no se mostró acertado en su segundo envite.

Despejada la plaza, Linares se echó la muleta a la derecha, iniciando la faena por bajo (genuflexo), pero Príncipe II admitía mal tales rigores.

La segunda tanda (otra vez con la mano diestra) fue interrumpida por parte del 7 (que actúa como guardador de la legalidad taurina) pero la mera ligazón desataba aplausos rendidos por parte de la afición tomellosera congregada que, en un arranque de impulso (y desconocimiento) hasta siguió las palmas de tango (tac, tac, tac) de protesta del 7, asumiendo que se trataba de reconocimiento a su héroe (no fue la única boutade).

El aire apretó un poco y al tomellosero le costaba, aunque los arrimones servían para mantener caldeados los ánimos.

Fue cuando más protestaba el 7, porque entendía que el tomellosero no estaba a la altura de la plaza, con sus habituales palmas de tango; pero, desde la atronadora representación tomellosera se pedía, incluso, música que acompañase la faena del novillero local.

El nuestro, que acertó al abreviar, pidió acero y continuó con una tanda vacía, fuera de cacho (insustancial, en suma).

Y, antes de matar, Rosco (aficionado inveterado, que peina canas y ha visto de todo en este coso) no reprimió un “eres muy malo” (que Linares debería de aceptar [sin caer en el enfado], como consejo de hombre sabio y bueno, como aviso a navegantes de futuras ocasiones, que esperemos haya en esta durísima plaza, sin tanto respaldo de su hinchada [sic]).”

Antonio metió un bajonazo entero (celebradísimo por el pueblo tomellosero que ya sacaba pañuelo blanco para intentar descerrajar la puerta grande) y Príncipe II cayó a la arena, necesitado de una puntilla que, hasta en diez ocasiones, Carmelo González le dio sin suerte.

Linares, presto, tomó el cuchillo y requirió de tres intentonas hasta finiquitar al de Sánchez Herrero.

La historia dirá que Linares consiguió una oreja en su primer episodio en Las Ventas. Para el bien de la historia del novillero sería recomendable una mayor prestancia y quietud, además de pisar los sitios del toreo.

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La ficha de la corrida.

Daniel Ruedas. Silencio (tras un aviso) y Silencio.

Jorge Escudero. Silencio (tras dos avisos) y Silencio.

Antonio Linares. Oreja (protestada) y Silencio.

Linares (rosa palo y oro) se acompañó de Tomás Copete y Miguel Ángel Infantes (picadores) y Marco Galán, David Navalón “El Jaro” y Carmelo González (banderilleros). Antonio Ramírez como mozo de espadas y Ramón Marta de apoderado.

Menos de un cuarto de entrada con una nutrida representación tomellosera entre los tendidos 5, 6 y 7.

Presidió Justo Polo Ramos, siendo Víctor Brocate el Delegado Gubernativo y Pedro Herranz el Asesor. Los Veterinarios Cipriano Hebrero, Manuel Pizarro y Javier Morales.

6 de la ganadería de Sánchez Herrero, flojos, descastados y faltos de bravura. El mejor el sexto.

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