Julio, Berta y Lucía
Julio, su mujer Berta y su hija Lucía

Félix Grande Martínez nació antes que el siglo XX y gracias a que su nieto, Félix Grande Lara, lo desenterró en 2003, en “La balada del abuelo palancas” permanece vivo entre nosotros. La casa del abuelo Palancas, en la calle Asia de Tomelloso, es un personaje más de la saga que escribió Félix y un lugar recurrente en la poesía del manchego. Se trata de uno de esos lugares a los que hay que peregrinar, con fervor y humildad.

Gracias a Julio Grande visitamos la casa del abuelo Palancas. Una de las grandezas de este oficio de cronista es que nos permite vivir momentos incomparables, uno de ellos fue a finales de julio en una casa humilde de un humilde barrio de la ciudad de Tomelloso. Una vivienda de tapiales, sencilla, acogedora pero que olía a generaciones de gente honrada.



Julio habla de frente con una voz pausada, de esas que inspiran confianza, recuerda a la de su hermano. Nos recibe en el salón, fresco, acompañado de su mujer y su hija. Y nos ponemos a hablar.

Cuando el abuelo Palancas murió, en 1950, después del entierro «mi padre nos dijo a mi hermano Félix y a mí que teníamos que sacar el ganado al campo. Y desde entonces he estado junto a él». Julio, con voz tranquila, reiteraba que ha pasado toda su existencia al lado de su hermano mayor «mi vida ha estado ligada a la de Félix desde que yo tenía 7 años, recuerdo muchas cosas, muchas historias». Tanto en Tomelloso como en Madrid. En la capital de las Españas  estuvieron trabajando 35 años juntos en “Cuadernos Hispanoamericanos”.

cocinilla, abuelo palancas

En la pared del comedor cuelga, enmarcado, un manifiesto aparecido en el diario “El Mundo” el sábado 14 de diciembre de 1996 «cuando lo defenestraron de la dirección de la Revista Cuadernos Hispanoaméricanos» en el que varios cientos de intelectuales, escritores, artistas, pintores, etcétera, de España e Hispanoamérica  “Hacemos saber a la opinión pública que rechazamos este acto de depuración política”. «Ese manifiesto tiene su historia».

Julio pudo leer “La balada del abuelo Palancas” antes de su publicación «y me hizo llorar». Como a este cronista, que lloró durante su lectura como una Magdalena. «Cuando mi hermano, que era muy atrevido, desentierra a mi abuelo y después a mi padre, fue tal cantidad de recuerdos y sentimientos que me vinieron que me hizo llorar» y Julio lo dice emocionado, con hondura, contagiándonos a todos. Me pregunta que si he leído el libro, asiento. «Muchas de las cosas, yo me acuerdo de ellas, son verdad. Cuando éramos pequeños, en el campo, con las cabras, él escribía sus primeros poemas sentado en una pedriza y me decía “Juliete, mira, que he escrito esto”».

Grande nos cuenta que la casa del abuelo Palancas era la vivienda en la que estábamos y la de al lado «cuando el abuelo murió, se hizo un reparto entre los hermanos, mi padre se quedó con esta parte, que estaba medio derruida. Se construyó la casa nueva y solamente quedó el muro este que vas a ver y el de la fachada». Aquí, en la calle Asia, en el barrio del Moral vivieron todos, Julio Grande nació en ella «y recuerdo muchas historias que pasaron aquí. Muchas, muchas, muchas, muchas… Hasta que mi padre, pensando en no sacrificar más a sus dos hijos, cambió el ganado de cabras por una vaca. La Mariposa, que se llamaba». Y desde entonces dejaron de salir al campo a pastorear, pero tuvieron que repartir la leche de la vaca puerta a puerta.



Le refiero a Julio Grande que José Luis Albiñana le dijo a este cronista en una entrevista que recordaba a Félix de repartir leche en una bicicleta, con las cántaras en el “porta”. «Y de pasar por la plaza, engancharnos la policía y llevarnos a la puerta del ayuntamiento y multarnos».

Julio Grande nos invita a recorrer la casa «que no es que tenga muchas cosas que ver, la importancia que tiene, al menos para nosotros, es por la cantidad de recuerdos y de cosas que aquí sucedieron». Le señalo a Julio que en esta casa sonaron en 1950, como se sabe, las Variaciones Goldberg de la misma mano de Bach, según contaba su hermano Félix y le pregunto el porqué de esa pieza, magistral sin ninguna duda. «El fatídico día en el que murió mi hermano, que falleció a las cinco de la mañana, mi sobrina nos llamó inmediatamente. Tardamos quince o veinte minutos en llegar desde donde vivíamos a la casa de Félix. Al pasar al salón, que fue donde mi hermano murió, en el sofá…».  Y Julio Grande, baja la cabeza y se vuelve a emocionar, emocionándonos, de nuevo a todos. «Estoy seguro de que Félix se murió escuchando las Variaciones Goldberg. Recuerdo estar con el médico mientras extendía el certificado y el disco estaba sonando».

Hablamos de los recuerdos, precisos de cosas que han ocurrido hace varios lustros y turbios de lo que hemos desayunado esta mañana. Incluso de la manía que tenemos los humanos de intentar, recuerdos mediante, arreglar el pasado. Algo que Julio no haría, para él «ha sido un privilegio poder compartir mi vida con mi hermano Félix Grande Lara. Por muchas razones». Y en otra de esas piruetas que la memoria, los recuerdos, nos hacen dar, hablamos de Luis Rosales y Federico, de la Huerta de San Vicente y de cuando fueron a buscar a Lorca.

Independientemente de que Félix Grande naciese en Mérida «nosotros hemos llevado siempre a Tomelloso en la sangre». El poeta nació en la capital Extremeña «por las circunstancias de la guerra». Al padre lo destinaron allí como guardia de asalto «y mi madre se fue con su marido y en Mérida nació mi hermano. Pasaron toda la guerra allí. Pero se crio aquí, en Tomelloso».  Julio Grande nació, nos contó, en la casa en la que estábamos.

Nuestro anfitrión reitera que a su hermano Félix le debe mucho. «Están aquí mi mujer y mi hija y tengo que contarlo. Mi hija nació con el beneplácito de mi hermano». Y nos cuenta que un día llegó Félix Grande «cuando yo ya estaba con mi mujer,  me dijo “¡Joder Julio, hazle un hijo a Berta!” Y, encima, escribió en una agenda “¡Qué ganas tengo de ser padrino, la hostia!” Y al poco tiempo vino Lucía, la niña más guapa del mundo, que él ha dicho por ahí». Lucía es una gran artista, dice Julio y ella sonríe tímida, que toca el violoncelo «aún no ha cumplido los doce años y está en Grado Profesional». Y en el insti ha sacado «todo sobresaliente menos dos notables», ahí queda eso.

Recorremos las piezas de la casa, de una morada humilde del, seguramente, barrio más humilde la ciudad de Tomelloso. Hay un patio, verde, frondoso, fresco, la familia posa bajo los árboles. En el corral (donde se guardaban las cabras y después la vaca) hay una alberca trasformada en piscina, una parra, exuberante, de la que cuelgan racimos inmensos. Cada habitación tiene una historia y Julio la Recuerda. Aparece Eladio Cabañero «lo recuerdo levantando tapiales, allí enfrente».

Abuelo Palancas 3

Julio nos ofrece una cerveza, que rechazamos y cuenta que «Yo era pequeñito y a Eladio lo veía venir por allí —señalando la calle Asía hacia Santa Amalia— y lo conocía por su forma de hablar.  Ahí teníamos una tienda, que era de mi padre y mi madre, la atendía mi hermano. Eladio y él se metían en la trastienda y allí se ponían, el uno a tocar poemas, el otro a tocar la guitarra… Contaba mi madre que a veces cuando llegaban las parroquianas a la tienda a comprar y oían a Eladio recitar y a Félix tocar la guitarra, no decían nada y allí se quedaban, escuchando».

La charla continúa, sin prisa, este cronista le cuenta a nuestro interlocutor que la última vez que vio a Félix Grande fue un mediodía de julio, de un calor insoportable, como ahora. Nos quejamos de la temperatura pero al poco, Grande, el poeta, coligió que hacía más calor pastoreando cabras en medio de un rastrojo o bajo la mínima sombra de un chaparro. Al final —le relataba un servidor a Julio Grande— convinimos que el polvo de la cebada es lo que, seguro, más pica.

Salimos al sol,  dejando atrás una casa de Tomelloso que se merece, al menos, tener una placa que recuerde que en ella trascurre una obra maestra como es “La balada del Abuelo Palancas”.



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