Vinícola de Tomelloso hace un homenaje a “la terrera” y “el picaor” con sus vinos ‘Pico y Brazo’

Dos vinos de autor, tinto y blanco, que se caracterizan por un proceso de producción en la que ha participado Cooperativa Vinícola al completo y por usar variedades del sur de Francia.

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Fernando Villena, presidente de Vinícola de Tomelloso, ha presentado junto con el vicepresidente, Luis Miguel Díaz Ortega; el enólogo de este proyecto, Javier Nieto; la responsable de exportaciones y marketing, Carmen Ramírez y con Ángel Bernao los nuevos vinos por los que ha apostado Vinícola de Tomelloso llamados ‘Pico y Brazo’ en su variedad tinta y blanca.

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Estos vinos han querido ser un fiel reflejo de los trabajadores tomelloseros que pasaban las horas en las cuevas picando las paredes de barro y cargando espuertas. Pero sobretodo es un  homenaje a las terreras, esas mujeres que fueron factor clave del crecimiento de las cuevas en Tomelloso y comarca. Para hacer estos caldos, Carmen Ramírez ha explicado que “se han buscado vinos con más carácter e innovadores”. Las variedades de uva que se han elegido han sido la petit verdot para el tinto y la viognier para el blanco, ambas dotadas de un color muy limpio y un primer sabor contundente, en la línea de un vino bien elaborado. Con un sabor muy fresco y donde el sabor y el aroma evoca recuerdos pasados. Se han hecho 6.000 unidades de cada variedad ya que son elaboraciones de autor y tienen que guardar una cierta exclusividad. “Estas variedades a pesar de ser apuestas arriesgadas se han adaptado muy bien al entorno” explicaba el enólogo Javier Nieto.

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Tras la presentación de los vinos, el Presidente de Sumilleres de Castilla-La Mancha, Ramón Sánchez Camacho, ha pasado a probar los vinos y a poner en común sus sensaciones con el enólogo Javier Nieto. “En nariz ambas variedades son muy intensas”, matizaba Sánchez Camacho. En cuanto a la variedad viognier calificada de “cepa blanca con corazón tinto” Sánchez a destacado la importancia del agricultor y la labor del énologo en la bodega. La modalidad de vino blanco presentaba un color ámbar, limpio, transparente y con un sabor contundente. Por su parte en la variedad tinta o petit verdot se percibía en su sabor unos toques minerales y a frutos rojos que el sumiller calificaba de ‘interesantes’. Javier Nieto destacaba que no han tenido como objetivo principal el grado de alcohol, que ha sido 13, sino la maduración de uva.

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Tras la cata, el mismo ha deleitado a los presentes con el degüelle con tenazas y navaja de dos botellas de vino, una de ellas un Torre de Gazate del año 1992. Primero a calentado unas tenazas y las ha puesto en el cuello de la botella, entre el corcho y el vino. Tras calentar el cuello de la botella, con unas pinzas lo ha separado del resto de la botella. Para finalizar el sumiller se ha dispuesto de una navaja de grandes dimensiones y deslizándola sobre el cuello de la botella la ha abierto ante el el aplauso de los presentes.

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Finalmente Ángel Bernao, ha explicado cómo se trabajaba en las cuevas y como han ido evolucionando desde 1820-1830, cuando surgieron las primeras con las tinajas de barro y que desaparecieron en 1920 cuando se empezaron ha elaborar las tinajas a base de cemento, hasta nuestros tiempos. También ha hecho hincapié en los materiales con los que se trabajaba y el esfuerzo que conllevaba trabajar en las cuevas, ya que antiguamente “primero se hacía la cueva y luego la casa” apostillaba Bernao. Destacaba que las cuevas representan a Tomelloso. Entonces se utilizaban picos para ensanchar las paredes que pesaban alrededor de cinco kilos “no los quiero ni ver!” bromeaba Bernao.

8.000 metros cúbicos de piedra era lo que componía una cueva media en Tomelloso, eso equivale a 800 toneladas que tenían que trabajar los picadores. La densidad de la primera costra de la pared era igual que la del cemento, lo que daba más mérito al trabajo de los picadores. Con ellos estaban las terreras que cargaban las espuertas desde arriba para ir quitando lo que se había picado. En una cueva media, la terrera debía cargar alrededor de 22.000 espuertas de 40 kilos cada una. Un trabajo costoso que pone de manifiesto el importante papel de la mujer, y en concreto de la terrera en aquella época.

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