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El 20 de junio es el día internacional de la persona refugiada. Según la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, las personas refugiadas son aquellas que se han visto obligadas a huir de su país por sufrir persecución por motivos de “raza”, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas. Según ACNUR, a mediados de junio 2019 había más de 70,8 millones de personas desplazadas a la fuerza en el mundo.

Pero las causas que generan movimientos migratorios forzosos van más allá. También se huye por conflictos de todo tipo, violencia generalizada o por catástrofes naturales. Y además se huye por sufrir violencia de género. Por lo que, se habla de la “protección internacional” como un concepto más amplio que abarca el estatuto de refugiado y otras causas de huida.



Desde una perspectiva feminista, la mujer refugiada sufre una doble discriminación, por ser mujer y por ser migrante. En casi todas las sociedades el ser mujer supone una vulnerabilidad por el mero hecho de existir (trabajos más precarios, doble jornadas laborales, escasa existencia de derechos, acosos, violaciones de guerra, violaciones sistemáticas, compra de tu persona, intercambios, etc.). Si a eso le sumamos el hecho de querer abandonar el país, la inseguridad de la vida de la mujer aumenta exponencialmente.

Cuando hacemos un barrido sobre la protección internacional, siempre pensamos en hombres o en familias. Los hombres son los que ocupan los espacios públicos, los hombres son los que tienen que conservar y garantizar seguridad a sus familias, las mujeres, simplemente, acompañan y están en un segundo plano. En el caso de las reagrupaciones familiares (una vez alcanzada la protección internacional), donde la figura paterna reagrupa a la mujer y a los menores, la documentación es de residencia, manteniéndolas al margen del mercado laboral, prolongando la dependencia del “bread-winner”. Así, las sociedades patriarcales se amparan en falsos discursos de doble moral donde “la cultura” juega un papel muy importante para mantener la división entre lo público y lo privado. También en las sociedades de acogida.


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En el caso de tomar la decisión y tener la valentía para dar un paso al frente y abandonar todo lo conocido por el sueño de una vida mejor, muchas veces se convierte en una auténtica pesadilla en el tránsito hacia un nuevo destino. Las mujeres son monedas de cambio, algo que utilizar y tirar cuando dejan de ser útiles, porque muchas veces, esta invisibilidad aumenta la “despensa” del patriarcado a través de redes de prostitución, como cuidadoras o como mujeres en servicios varios.

Como bien se ha mencionado, la persona refugiada es aquella que es perseguida por motivos de “raza”, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas. Sin embargo, la figura de la protección internacional debe dar cabida a todas esas nuevas y viejas situaciones de invisibilidad y vulnerabilidad, debe asegurar que las mujeres forman parte de la mitad de la población y que los derechos de las mujeres, por el simple hecho de serlo, también son Derechos Humanos. Porque la mujer refugiada (mujer migrante) tiene más dificultades a la hora de que sus derechos sean reconocidos como solicitantes de protección internacional, es decir, debe comenzar a entenderse como un motivo más de huida, el propio género.

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Tampoco podemos olvidar los nuevos retos y características a las que nos enfrentamos donde la situación de las personas refugiadas, desde luego, no son las mismas que se iniciaron en 1951 con el Convenio de Ginebra, han cambiado y las mujeres, ya no somos una carga que se lleva o se deja cuando tu vida corre peligro, que la vida de las mujeres está mucho más expuesta a sufrir cualquier tipo de peligro, por eso, es necesario que las personas que legislan sobre la protección internacional, reconozcan la política de daños causada a las mujeres.

Dicho esto, el reto actual al que nos enfrentamos la mitad de la población es poder adquirir un alma y una voz lo suficientemente fuerte, como para ser consideradas un ser humano que tenga los mismos derechos que la otra parte de la población mundial. Donde el simple hecho de existir no duela y no sea un peligro. Donde nacer mujer o no ser la mujer adecuada marcada por la sociedad de turno, no signifique que estés condenada a ejercer la invisibilidad hasta que la muerte, ejercida por un patriarcado brutal, decida arrebatarte la vida.

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