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Desde hace algún tiempo, en la ventana de mi casa cuelga una bandera republicana. Un símbolo que para mí representa, no sólo un pasado donde se reconstruyó un país bajo los pilares de la educación, la cultura y los Derechos Humanos, sino también un símbolo de futuro. De un futuro donde la Democracia existirá en su máxima expresión y no sólo no tengamos a unas figuras medievales y más propias de la factoría Disney al mando (o a nuestro cargo más bien), sino que toda representación será electa, plural y una muestra real de la diversidad de nuestro territorio. Donde se trabajará para erradicar la desigualdad.

Esta bandera se puede resumir como un símbolo de justicia, libertad e igualdad.



Pues en este contexto, la noche del martes 2 de junio, estando en el salón de mi casa, me di cuenta de que había alguien trepando por mi ventana.

Sin tiempo para reflexionar, me asomé y empecé a increparle. Acto seguido salí a la puerta y me percaté de lo que era más que evidente. Habían arrancado la bandera.


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Me enfrento a ellos. Dos chicos jóvenes, de no más de 17 años. Bien vestidos y con cara de poder comerse el mundo. Consigo que me devuelvan la bandera sin saber muy bien cómo, sin quitarme de la cabeza que al ser a una chica sola, en mitad de una calle vacía, me podrían haber hecho cualquier cosa.

Temblando, vuelvo a colocar la bandera en su sitio y paso unos días analizando lo ocurrido. ¿Qué le está pasando a una parte de nuestros jóvenes? ¿Dónde se ha quedado la rebeldía del 15M, las huelgas estudiantiles, el creer que se puede y querer cambiar el mundo?

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La derecha está creando un ejército de jóvenes con un discurso vacío, alimentados únicamente de odio y más odio, donde lo diferente debe ser erradicado y la memoria no existe. Donde la violencia y el vandalismo está por encima del diálogo y la reflexión.

Se les otorga una falsa seguridad de que todo vale y se sienten respaldados y legitimados para hacer cualquier cosa. No hay límites y hemos llegado a que cale el «debate» sobre que el antifascismo pueda ser terrorismo (ergo, ¿¡el fascismo es el bueno de la película!?).


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Estamos ante una situación muy peligrosa. El surgimiento de una generación que poco a poco se está convirtiendo en altavoz y ejército del odio.

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