Este confinamiento nos está dando para reflexionar mucho sobre los cuidados. Hemos seguido analizando y viendo cómo están repartidos, su importancia, sobre quién recaen cuando no son remunerados, quién y en qué condiciones se ejercen cuando son remunerados y un largo etcétera. Reflexiones que nos hacen ver de dónde venimos, dónde estamos y sobre todo a dónde y cómo queremos llegar.

Hoy queremos centrarnos en uno de los puntos que requiere de esos cuidados en el día a día: la casa. Nos referimos a la casa no sólo como edificio sino también a la casa como institución. Dice el refranero popular que los ojos son el espejo del alma. Haciendo un símil para esta sociedad la casa sigue siendo un reflejo de las mujeres que la habitan. Incluso la pulcritud e higiene de todas las personas que habitan dicha casa también son asumidas como reflejo de las mujeres que viven en dicha casa. Porque en nuestro subconsciente y en tantos años de educación patriarcal, y en el ideario colectivo reforzado intencionadamente por el nacionalcatolicismo, no se ha dejado aún de asociar el orden, la limpieza, la pulcritud de una casa con las mujeres que la habitan; estableciendo entre ellas un paralelismo que a día de hoy no se ha conseguido romper. Supongo que todas hemos oído eso de que una buena mujer debe de ser curiosa en el sentido de que debe ser limpia y ordenada. Este paralelismo no afecta sólo a la asociación de funciones dentro del mantenimiento de la casa, sino que traspasa también a lo personal y a nuestra supuesta valía, o más bien la ausencia de ella en este caso, si no sabemos mantener una casa como el patriarcado supone debe de mantenerse.



¿A quién de vosotras no le ha pasado que si ha venido una visita a casa y había algo un poco sucio o desordenado hemos pensado que qué iban a pensar de nosotras? ¿A cuántas de vosotras os han mirado, digamos diferente, si habéis dicho que no sabéis cocinar o planchar? ¿Cuántas de vosotras habéis sentido cierta culpa por no encajar dentro de los parámetros que el patriarcado marca para nosotras en el ámbito del mantenimiento doméstico? Pues una vez más vamos a recordarnos que los parámetros del patriarcado están para reventarlos.

La vida ha cambiado, las mujeres hemos cambiado. El patriarcado no. Por eso puede que muchas nos sigamos sintiendo atravesadas por ciertos roles asumidos, pero sabemos que identificarlos es el primer paso para eliminarlos. Sabemos también que el tiempo de ocio y descanso también es nuestro y queremos utilizarlo. No estamos hablando de desarrollar un síndrome de Diógenes. Estamos hablando de que nuestra casa es para vivir en ella, no por ella. Y que un poco de polvo no molesta y que lo que no se friegue hoy ya se fregará o recogerá mañana. Debemos liberarnos de esa culpa. Las mujeres debemos dejar de sacrificar nuestro propio disfrute, nuestros estudios, nuestro ocio, militancia, activismo y otras tantas cosas en aras de ser esa supermujer que se espera que seamos: imagen perfecta, casa perfecta, trabajo perfecto, madre perfecta. Porque mientras estamos obsesionadas con cumplir con todo esto nos olvidamos o nos quedamos sin fuerzas para hacer lo que de verdad nos haga sentir felices.

Aterrizando la teoría feminista a la práctica en el día a día todo esto se refleja muy bien en una frase que solía decir Carmen Calvo, fundadora de la Asociación de Mujeres “María de Padilla”: “más polvo en los muebles y menos en los libros”. Nunca es tarde para empezar a ser curiosa y no precisamente en la acepción que se espera de nosotras.



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