Salones Epilogo

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La tercera jornada de los “Encuentros con Cervantes” que se están celebrando durante esta semana en la Posada de los Portales de Tomelloso —en la que un día más no cabía un alfiler—tuvo como protagonista al escritor Julio Llamazares. El leonés ofreció una jugosa y divertida charla, titulada “El viaje de Don Quijote” sobre los lugares reales e imaginarios del periplo del Caballero de la Triste Figura y, en general, sobre la literatura de viajes (“la literatura en estado puro”), consiguiendo la complicidad del público y que los presentes nos lo pasásemos muy bien oyéndolo. El acto, que se celebra en el marco de las jornadas literarias organizadas por la Diputación provincial de Ciudad Real para conmemorar el IV centenario de Cervantes, fue presentado por Dionisio Cañas.


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“La Vida es un viaje que siempre  termina mal: cojamos el camino que cojamos, todos los caminos nos llevan a la Muerte”, dijo Dionisio Cañas durante la presentación. Solo algunos libros sobreviven, la Biblia y el Quijote, dos libros que han creado un mito: el mito de la Libertad. El primero nos ofrece una libertad más allá de la Muerte, el segundo nos invita a conquistar la Libertad mientras estamos vivos, aseveraba el poeta. En ambos se presenta la existencia como un viaje y “Llamazares ha escogido ese camino apoyándose en la escritura: poesía, narrativa, artículos periodísticos, guiones de películas”. Lo que ahora nos concierne comentar, dijo, es su libro El viaje de don Quijote.

Cañas hizo un repaso por el libro, encargado por El País para conmemorar el Cuarto Centenario de la de la segunda parte del Quijote, igual que hizo Azorín un siglo antes.  El viaje de don Quijote está dividido en tres partes, “La Mancha de Azorín”, “La derrota de Sierra Morena” y “Por el Ebro hasta el mar de Barcelona”, explicó Cañas. Entre cada artículo se van intercalando viñetas más o menos eruditas que para Dionisio son a veces tan jugosas como los artículos. Tanto estas notas como los artículos en sí demuestran un amplio conocimiento de la vida y de la obra de Cervantes por parte de Julio Llamazares. No obstante, las crónicas y la viñetas eruditas, están escritas en un lenguaje claro y directo, aunque hay momentos donde en los artículos aparecen fragmentos definitivamente poéticos, pero sin ninguna retórica.


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Nos contó Julio Llamazares que se ha convertido involuntariamente “en un exégeta de Cervantes y Don Quijote y sobre todo de la ruta del último”. Llamazares no era un experto en la celebérrima novela hasta que El País le encargo los reportajes sobre el cuarto centenario. “Vengo a Tomelloso a devolver lo que esta tierra me dio hace un año”, sobre todo el contacto con la gente y muy buenos ratos.

Llamazares comenzó su charla asegurando que vuelve a Tomelloso contraviniendo su palabra y la norma de los asesinos de “no volver al lugar del crimen”. Recordó su primer encuentro con Dionisio Cañas, una entrevista en Televisión Española y se alegró del regreso del poeta a su tierra, a su bombo indestructible y uterino. Llamazares defendió que la patria es la memoria  y ésta se asienta en el oído y el olfato. Aseguró el escritor que la literatura de viajes es la mejor para leer y escribir. Es, dijo, la literatura es estado puro, un género que su vigencia va y viene y que nace de la condición humana. Toda la literatura es un viaje en sí, señalaba.  Aseguró que el viaje o es infinito o acaba con la muerte, ya que es la metáfora de la vida humana.


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El leonés aseguró que el problema de los españoles es que no leemos a los clásicos, vigentes en esta época gris. Hemos inventado, dijo, dos géneros, la picaresca y el esperpento y en esos pilares se asienta la obra de Cervantes.

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Escenificación poética del paisaje

Al enfrentarse al viaje Llamazares descubrió que Cervantes solo nombra una docena de lugares y que muchos de ellos no tienen nada que ver con La Mancha. En definitiva, Cervantes hizo una escenificación poética del paisaje. Tomelloso, no aparece, por supuesto. En ese sentido recordó que en Argamasilla de Alba, unos viejos en la glorieta le contaron una versión apócrifa y surrealista sobre si en la cueva de Medrano estuvieron presos Cervantes, Don Quijote o Azorín “por tener líos con la hija de un potentado”. Todo eso, dijo, forma parte del Quijote.


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La referencia geográfica que tomó Llamazares fueron los caminos reales de la época.  La Mancha no es un paisaje idílico y Cervantes situó aquí al Quijote precisamente por ello ya que todas las novelas de caballería sucedían en florestas centroeuropeas con hiedras y castillos y él, como quería parodiar el género, lo situó en las antípodas de esos paisajes del norte. Las amplías llanuras de La Mancha son un gran contraste para un hombre de la montaña más abrupta de León.

En la primera parte “La Mancha de Azorín”, Julio Llamazares añadió de su cosecha a Tomelloso. García Pavón, dijo, hizo lo mismo con Plinio y Don Lotario que Cervantes con Don Quijote y Sancho. El escritor leonés repasó los distintos y conocidos lugares manchegos trasmitiendo su temor de que nos convirtamos en un parque temático quijotesco, usado a conveniencia por los políticos.


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Para “La derrota de Sierra Morena”, una moneda al aire le hizo elegir la ruta desde Puerto Lápice a Peña Escrita. Recordó personajes inolvidables como Felipe y su hija Carmen que conoció en La Venta de la Inés  situada “en los fines o confines del Valle de Alcudia”, y que recoge Cervantes en “Rinconete y Cortadillo”.

Personaje universal


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Sobre la tercera parte de su libro, “Por el Ebro hasta el mar de Barcelona”. Llamazares explicó que casi la mitad del Quijote transcurre fuera de La Mancha. Tras explicar que vistió el palacio de los duques o que está seguro que la Ínsula Barataria es Alcalá del Ebro, aseguró que en Cataluña no hay huella del Quijote a pesar de ser Barcelona la Ciudad que más se nombra.  En ese sentido defendió que Cervantes, al igual que Virgilio, Hamlet o Romeo y Julieta son arquetipos y personajes universales.

Al Quijote, dijo el leonés, lo que más daño le ha hecho es su “sacralización”, se trata de una novela de humor y muchas veces lo olvidamos. “Parece que sea un libro que haya que leer de rodillas”, pero es una novela “para reírse a mandíbula batiente”, para disfrutarla y pensarla porque el humor es sabiduría.

Para acabar recomendó leer el Quijote “y me lo agradecerán” ya que “lo mejor que se puede hacer con Cervantes es leerlo”.

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