Puede que muchas durante este confinamiento hayamos relajado ciertas costumbres que formaban parte de nuestro día a día. Somos muchas las que hemos pasado el confinamiento sin sujetador y sin importarnos a qué altura caían nuestras tetas, ya que la fuerza de la gravedad no ha desaparecido debido a la cuarentena. Somos muchas las que no nos hemos maquillado a diario como sí hacíamos en la “antigua normalidad” Somos muchas las que hemos pasado total de depilarnos. Somos muchas las que hemos pasado de las estrecheces, de los tacones, de las apreturas…hasta que ha llegado el momento en el que alguien de fuera de nuestro entorno cercano, o incluso de dentro de él, nos iba a ver. Seguro que muchas os habéis vestido o apañado sólo de cintura para arriba si teníais una video-reunión. Seguro que para las vídeollamadas con tus amigas te daba igual todo, pero para otras has tirado de pintalabios. Que tengamos adquiridas determinadas costumbres sobre nuestro aspecto, en base a quién nos va a ver o no, debe hacernos reflexionar sobre ello.

Sabemos que el feminismo no juzga las decisiones personales de las mujeres, sino las circunstancias que llevan a dichas mujeres a tomar esas decisiones. En un país donde el 90 % de las personas que padecen trastornos alimenticios son mujeres es lógico pensar que a nosotras se nos inculca mucho más el “culto y cuidado” del cuerpo. Cuidado y culto entendido en el sentido de cumplir con los cánones de belleza establecidos para nosotras. Maquillajes y tacones obligatorios, que no voluntarios y ropa incómoda que ni siquiera nos gusta o con la que no nos sentimos cómodas son cosas habituales en nuestras vidas. Y si en todo este tiempo que nadie iba a vernos y, por lo tanto no iban a evaluarnos, no hemos hecho este tipo de cosas será el momento de preguntarnos en lo más profundo si lo hacemos por nosotras o si lo hacemos por los demás. Si lo haces por ti, ¡ole tú!, disfrútalo hermana. Si no lo haces por ti replantéate las cosas, porque a la persona que más tienes que gustar y complacer del mundo es a ti.



Todas en mayor o menor medida caemos en esta trampa y años de educación patriarcal nos hacen, muchas veces, esforzarnos más en agradar a los demás que a nosotras mismas. Pasamos gran parte de nuestra vida a dieta descontentas con lo que vemos al mirarnos al espejo. Tenemos patrones e imágenes grabadas en nuestro ideario que son muy difíciles de modificar. El feminismo no es un proceso de autoflagelación sino, entre otras cosas, de quererse más. Así que sin culpas y sin presiones hay que trabajárselo.

Basta ya de hacer cosas para agradar a los demás y no para agradarnos a nosotras. Y, poco a poco, tal vez llegue un día en el que si quieres llevar sujetador lo llevas y si no, pues no, porque te importará bien poco lo que piense nadie que no seas tú sobre la ubicación de tus tetas. Y si quieres depilarte lo harás y sino lucirás tus bellos vellos. Quererse es revolucionario. ¡¡Cabeza alta, bigote y Russian Red, hermana!!



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