Tomelloso, el «mayor viñedo del mundo», es un espectáculo en verano

Tomelloso es el epicentro del océano verde de La Mancha

El triángulo formado por los vértices de Tomelloso, Alameda de Cervera y Arenales de San Gregorio conforman lo que se ha denominado El mar de viñas, una zona de tierra fértil, con el complemento mineral ideal para el cultivo de la vid. Caminado entre estos viñedos uno cree estar en la Toscana, el Midí francés, la región de Burdeos o Champagne, aunque a mi personalmente me recuerda la Toscana, por la luz, esa luz que sólo se puede encontrar en La Mancha, cuyos cielos inmensos son únicos en el mundo.

Este mar de viñas podría ampliarse hasta los términos de Villarobledo, Socuéllamos, Pedro Muñoz, Campo de Criptana, Alcázar de San Juan, Manzanares y La Membrilla, es decir: Todo el Noroeste de la provincia de Ciudad Real al que sumaremos el término municipal de Villarrobledo. Sin lugar a dudas que es “El mayor viñedo del mundo”, ya que entre estos pocos términos suman mas hectáreas de cultivo vitícola (50.000) que toda la CA de La Rioja (41.000). Otro caso muy distinto es el de la producción vinícola de La Rioja (más bien comercialización), la cual triplica a esta zona, ya que gran parte de la producción vinícola de aquí se vende a esa DO, una injusticia más para esta tierra, dura y sensible a la vez, que produce tanto vino como arte.

El «Océano verde» es una especie de oasis que sorprende al viajero que viene a La Mancha con la idea de que va a visitar una zona árida, la cual en verano se podría mostrar implacable, con colores ocres de tierras resecas, y sin embargo no hay ningún lugar en el mundo que en verano, a 40 grados centígrados sea un auténtico despliegue de tonos verdes. Es éste un paisaje antagónico a los paisajes norteños, de la cordillera Cantábrica y el Pirineo, pues éstos durante el verano apagan sus tonos verdes, y sus pastos empiezan a apagar su color. Allí arriba la montaña, combinada con los bosques y las praderas, crea unos paisajes barrocos en los que el cielo pierde protagonismo. Aquí el paisaje es minimalista y horizontal; dos planos paralelos dividen el lienzo en una parte inferior verde, y dos partes de azul, con pequeñas manchas blancas de vez en cuando.

A mi, personalmente, me recuerda a la región italiana de la Toscana, esta región fue durante más de 300 años la cuna del arte europeo, y creo que aparte de que su capital, Florencia, era una ciudad próspera, no me cabe duda de que su luz tuvo mucha importancia para que allí naciera una nueva forma de entender y representar la naturaleza. Esa tierra parió, entre otros, a Giotto, Donatello, Brunelleschi, De la Francesca, Verrocchio, Leonardo y Miguel Ángel.

DO La Mancha

No he podido resistirme a trasladar ese espíritu creativo a Tomelloso al contemplar la Toscana Manchega, pensando en artistas cómo Francisco Carretero, Antonio López Torres o Antonio López García, o a paisajistas posteriores cómo Ángel Pintado o Fermín García Sevilla, pero aparte de los paisajistas también están Marcelo Grande, Pepe Carretero, José Ramón Jiménez o Caroline Culubret, (y muchos más…) Pero también tenemos que acordarnos de Eladio Cabañero, Francisco Martínez Ramírez, Francisco García Pavón, Félix Grande, Juan Torres Grueso o Dionisio Cañas, (y muchos más). Creo que nuestro paisaje horizontal, minimalista y místico, es una mezcolanza de arraigo en la tierra y deseo onírico de volar, al que inevitablemente esos cielos nos incitan. Aunque ese espíritu creativo no es exclusivo de Tomelloso, ya que el mismo está muy impregnado en todos los manchegos.

A lo largo de mi vida he vivido en distintos lugares junto al mar, supongo que el mar nos suscita una atracción indescriptible e hipnótica a todos aquellos que hemos nacido en el interior, pero a un manchego, el mar también le recuerda esos horizontes infinitos de nuestra tierra. Todos estos argumentos sólo son ensoñaciones de un manchego nacido en una tierra dura, de gentes trabajadoras, arraigadas, individualistas y soñadoras, esos labradores que seguramente cuando estén en mitad de sus tierras, cada vez que miren a lo lejos se sientan igual que un marinero en mitad del mar, cuyas únicas referencias visuales son el horizonte y el cielo.




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