Las clases habían terminado, aunque el trabajo administrativo y la reorganización del centro ocuparían todo el mes de julio. Llevaba en aquel destino casi veinte años y creía conocerlo todo acerca del mismo. Incluso era conocedor de alguna que otra leyenda, turbia e inverosímil.

Durante la tarde del veinte estuve ocupado moviendo sillas y cerrando algunos flecos, derivados del cambio de espacio de la biblioteca. Cansado, sobre las ocho, abandoné el edificio y marché a casa. Después de una ducha, salí un rato a la plaza. Allí empezó todo.

Fue durante el segundo tercio. Ordenando pensamientos, caí en la cuenta: tal vez, sólo tal vez, había olvidado desenchufar las herramientas. No pude quitarme esa idea de la cabeza. Imaginaba un desastre provocado por un incendio fortuito. Una chispa eléctrica que redujera el IES a cenizas. El sueño, atemporal, de cualquier estudiante.

Apuré la bebida de un trago y me dirigí hacia el edificio. Casi las doce de la noche. Frente a la puerta acristalada, giré la llave a la derecha y pasé dentro. Tecleé el código de la alarma y avancé por el pasillo. Enseguida, escuché el «clic» del detector de movimiento, aunque las luces no se activaron. Fue entonces cuando lo vi acercarse y atravesarme por completo. Me giré. Era él. Tenía la misma cara que cuando murió ahorcado, en el gimnasio del instituto. Su tez era pálida, exactamente igual a la que aparecía en la orla de su promoción, quince años atrás. Se detuvo ante ella y volvió a mirarme. Por un momento, pensé que mostraría compasión, aunque, un segundo después, supe que sería imposible.

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—¡Fueron otros como tú los que me empujaron a hacerlo! —escuché, violentamente, de su boca, a pesar de parecerme que esa voz procedía de todos los sitios a la vez. Apenas pude mover un músculo. Las luces del pasillo se encendieron y él desapareció.

Esta mañana aguardé a los ordenanzas. No quería ser el primero en entrar. Abrieron el centro como tantos otros días. El pasillo de las orlas se iluminó. Lo busqué. Triste. Sin duda, el fotógrafo supo mostrar lo que sucedería días más tarde. Escuché un ruido proveniente de la zona de los despachos. Miguel Ángel acababa de llegar. Volví a mirar el cuadro. Allí estaban esos ojos, culpándome. En ese instante, todo se quedó, definitivamente, a oscuras. Cada año, Julio, vuelve a cobrarse una vida docente.

Ramón Castro es profesor de Economía en secundaria




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