Esta mañana mientras sacaba a mi perra a pasear por el parque Urbano Martínez, se me venía a la mente algunos recuerdos tiernos que tenía de mi infancia en ese lugar.

Recuerdo como mi madre y yo íbamos más veces de las que uno podría pensar al centro de salud que hay pasando el Barrio de San Juan. ¿Los motivos? Muy variados, desde un simple resfriado a cualquier otra excusa que pondría un niño para no ir a la escuela.

También recuerdo ir a pasear junto a mi abuela por la zona de los jardines, los cuales rebosaban vida y color gracias a sus flores, y a la vuelta, siempre aprovechaba para pasar un poco de tiempo entre los columpios que habitaban el parque.

Estos recuerdos que siempre estarán ahí ya no plasman el parque viejo de mi niñez, quizá porque lo recuerdo con mejores ojos, pero ahora ese lugar no está más que lleno de basura y se halla en un estado lamentable.

No quiero que con este artículo haya polémicas de ningún tipo, menos ahora con los últimos sucesos acontecidos en el parque, pero es cierto que reflejan un poco la situación que se vive ahí dentro.

El parque que yo recuerdo ya no existe, ya no hay flores, risas de niños jugando o ancianos paseando tranquilamente, y eso se debe en parte a que la gente tiene miedo o no se siente tan segura como antes. Ahora es común pasear por el parque viejo y ver como hay corrillos de personas en un solo banco, gente que se echa a dormir en el banco o litronas vacías repartidas en todo tipo de lugares.

Normal que la gente no quiera pasear por ahí, porque te genera la duda de si podrás ir a gusto paseando con tu hijo. O algo tan simple como ir tu sola a visitar la casa de un amigo, se convierte en un suplicio, porque sabes que se te abalanzarán de antemano miradas despectivas o de perversión.

¿Dónde han quedado ese corrillo de ancianos contándose sus vidas? ¿Dónde están esos niños jugueteando y disfrutando de su niñez? ¿Dónde han quedado las risas burlonas entre dos adolescentes? No lo sé sinceramente, y eso me entristece.

Lo único que da color a ese parque son los árboles, que llevan en su sabia y su corteza el recuerdo de todos sus vecinos. Las flores de colores y los aromas dulces han sido sustituidos por el olor de la cerveza, del tabaco y de lo que no es tabaco, las fuentes ya no echan agua y los bancos…solo son un conjunto de astillas y oxido que una vez fue hierro.

El colmo de todo esta situación fueron los apuñalamientos que se dieron las pasadas semanas, provocando que mucha gente estallara y no pudiera aguantar más todo esto, el cómo no pueden disfrutar de un parque que siempre ha sido suyo.

Y en parte…tienen razón, ya solo veo pasear a los ancianos por el inicio del parque, donde ahora se encuentra la escultura en honor a las víctimas de esta terrible pandemia, pero no van más allá, no se adentran en el parque porque no saben que se encontrarán.

Quizá todo esto sea fruto de mis paranoias y pensamientos más oscuros, pero quien no te dice que si paseas por el parque viejo te acaben robando, te echen miradas con las que no te encuentras a gusto o incluso…te veas envuelto en una reyerta que no te concierne y acabes apuñalado. No sé a veces pienso que el parque de mi infancia se ha vuelto una selva salvaje.

Por su parte, la Asociación de Vecinos del Barrio de San Juan ya ha dado el primer paso en denunciar tanto la situación que se sufre en el parque Urbano Martínez, como en el Barrio de San Juan, donde tienen un problema grave con la ocupación de viviendas por parte de trabajadores temporeros.

Todo esto, lo intentará reflejar la asociación todos los días 16 de cada mes con una pequeña manifestación, donde recitarán cada una de las peticiones que solicitan al Ayuntamiento de Tomelloso.

El tiempo dirá que sucede al respecto, y quizá el día de mañana nuestros hijos vuelvan a jugar felices, mientras que nosotros nos sentamos en un banco para verlos corretear de un lado al otro del parque viejo.

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