Si hay algo que es muy característico de los pueblos o de las zonas más calurosas de España, es salir por la noche con tu silla a tomar el fresco, ya sea en solitario o en compañía de tus seres queridos. Para muchos es una tradición que se lleva realizando durante décadas, sobre todo en aquellas etapas del año donde el calor tiene más presencia que el frío en esas largas noches de verano.

Era muy común años atrás que solo fueran unos pocos los privilegiados que contarán con un aire acondicionado. Mucha gente se conformaba con un pequeño ventilador (si lo tuviera), o en el peor de los casos en abrir todas las ventanas y puertas de la casa para que entrara algo de frescor nocturno.

Esas salidas “a la biruji” tras una cena más o menos ligera permitía a las familias descansar la comida, disfrutar de las corrientes de viento que hubiera, ver pasear a la gente e incluso poder tener la suerte de encontrarte con algún vecino o amistad con la que liarte de palique. Esta costumbre tan bonita cada vez tiene menor presencia incluso en los pueblos, una tradición que era muy común de ver.

Y la pregunta que me surge con esta última frase es… ¿Por qué ha pasado esto?, ¿acaso ya no hace calor por las noches? Lo cierto es que rotundamente sí. El calor sigue estando muy presente en las noches de verano, más aún en estos últimos 20 años con el aumento del calentamiento global y las subidas de las temperaturas hasta números de escándalo, que ya nos hacen sudar de solo pensarlo.

Esta tradición era muy propia de los años de nuestros abuelos o nuestros padres. Eran momentos donde artilugios como los aires acondicionados no eran tan “baratos” como hoy en día, o simplemente que la manera de actuar que teníamos ha cambiado con el paso del tiempo. Ya es raro ver en nuestros días a jóvenes salir a tomar al fresco junto a sus abuelos y sus padres. Normalmente están con sus amistades, jugando a la consola o siendo absorbidos por las redes sociales.

La sociedad se ha ido volviendo cada vez más introvertida. Ya queda poco de ese pensamiento de ver cómo pasea la gente o pararte a saludar a una vieja amistad que está sentada en su butaca. En la actualidad hemos cogido mucha desconfianza a la hora de salir a la calle, quizás por el qué dirán o por no sentir esa seguridad que había en las calles como había en antaño.

A esto hay que sumarle que nuestros móviles nos han sumido en nuestro propio mundo controlado, donde no necesitamos del exterior para poder charlar con nuestras amistades y pasarlo bien. Todo se ha vuelto “más doméstico”, por así decirlo. Esa idea de que lo que pasa en casa se queda en casa está cada vez más presente, y ya no nos interesa salir a la calle para ver cómo va todo.

Es cierto que tampoco ha ayudado la aparición de una pandemia mundial, que ha puesto a la sociedad en jaque y nos ha generado una desconfianza entre unos y otros. Podría decirse que ha sido como la guinda en el pastel para que muchas personas, incluidos nuestros abuelos, decidieran prescindir de esas salidas al fresco y quedarse en sus hogares para disfrutar de la soledad de la casa.

Todo esto me hace pensar que es triste el hecho de que se esté perdiendo una tradición tan bonita como esta, que nos permitía disfrutar de la cercanía de los nuestros, degustar del frescor nocturno y de un pueblo en casi completo silencio. Solo el tiempo dirá si esta tradición quedará como una anécdota que contar a nuestros hijos y nietos, de cómo nuestros abuelos disfrutaban de algunos placeres tan sencillos como estos, y que hemos relegado al baúl de los recuerdos.

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