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Había cruzado por aquella inmensa llanura en varias ocasiones. En su  camino hacia el norte o el sur circulaba por aquella zona siempre de paso y, siempre quedaba mirando aquel tintineo de luz horizontal, aquel punto concreto que parecía llamarle. Un día el viajero decide parar en Tomelloso. Ha oído hablar de sus museos, cuevas y bodegas; pero sobre todo ha oído hablar de Antonio López Torres, un gran artista del siglo XX que fue además tío y primer mentor y maestro del universal Antonio López, nacido también en Tomelloso.

Situado entre las calles Pintor López Torres y Glorieta de María Cristina, se encuentra su museo. Se accede a él a través de unos jardines abiertos al público en Julio de 1905. Al visitante le recibe una preciosa Paulownia que en su época de floración atrae su interés, el entorno, un pequeño oasis con distintas especies de árboles y plantas que embellecen y dan vida a un recinto que invita a la calma y al sosiego. En el centro de los citados jardines está situada una fuente en la que se alza una pequeña escultura que representa a un pescador, inspirado en un niño inquieto y vivaz llamado “Lorencete”. En su origen, la talla fue encargada a un escultor valenciano. Hoy, es otra muy similar la que ocupa el lugar.

En un principio el viajero no se hace una idea de lo que va a encontrar en el interior. La sencilla tapia encalada, franqueada por la verja de hierro, no deja vislumbrar lo que va a descubrir al cruzar el umbral de la puerta. El recibidor sorprende al visitante, que nada más pasar halla una escalera de caracol de singular belleza por su diseño y perfecto encofrado, donde el hormigón caravista es el referente. El Museo López Torres, cuyo proyecto fue encargado a los arquitectos Fernando Higueras y José Manuel Benito, empezó a construirse en 1981 para acoger la obra donada generosamente por este artista. Se inauguró el 19 de abril de 1986 y son dos las salas principales que acogen la obra permanente. El eje central de ambas salas es una majestuosa escalinata que preside la sala de dibujo y que nos conduce hasta la sala de óleos. Su techo, una preciosa claraboya con placas de hormigón liso, difumina la luz de una forma sorprendente, expandiéndose su claridad indirectamente por la estancia.

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Si grata es la impresión que el viajero se lleva del luminoso y cálido edificio, no lo es menos la visión de la obra del artista tomellosero. Las personas sabedoras del arte de la pintura o el dibujo en su máxima expresión, son plenamente conscientes de estar ante un investigador nato que interpretaba la emoción a golpe de pincel.

Antonio López Torres hacinaba la luz y la temperatura en su paleta, para extenderla en el lienzo con el acertado movimiento del viento. Era su singular batalla, la interpretación de lo cotidiano, de lo sencillo, para elevarlo con la grandeza de la autenticidad. Aunque hay verdaderas joyas en colecciones privadas, el museo alberga otras tantas en sus más de 100 obras expuestas, entre óleos y dibujos.

El 15 de noviembre de este año 2017, se conmemora el 30 aniversario de su fallecimiento, una buena excusa para conocer gran parte de la obra de un pintor que terminó sus estudios en 1931, en la entonces denominada Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, obteniendo el título de profesor de dibujo. Dedicó su vida a la pintura y a su enseñanza en escuelas de artes y oficios de lugares como Santoña, Ciudad Real, Daimiel, Tomelloso o Madrid. En su haber, varias exposiciones tanto individuales como colectivas en Madrid, Granada, Sevilla, Frankfurt (Alemania), Oviedo, La Coruña y en su localidad natal. Se mantuvo siempre fiel a sí mismo, siendo ajeno a mercados y tendencias, lo que evitó la proyección que merecía, pero que, de igual manera, hizo que Tomelloso pudiera tener este museo.

Cuando el viajero conoce todo esto y sale del López Torres, se va con una grata sensación de descubrimiento, de aceptación, y al mismo tiempo de familiaridad. Se va con ganas de compartir lo vivido, de mostrar su hallazgo. Pero sobre todo, se va con las ganas de volver, antes o después, pero en cuanto le sea posible: Volver.

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