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Los departamentos de los expresos eran propicios para hacer nuevas amistades. Una suerte de red social. Allí la conversación fluía, no necesariamente entre verdades. Eran lugares muy literarios y solidarios, con el traqueteo de fondo. Podríamos decir que eran incómodos, pero dependía de la compaña. En los departamentos de los expresos casi siempre se hacen descubrimientos importantes.

—¿A usted le gusta Balzac?

—No. Es lento, pesado, pretencioso y francés.

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En los departamentos de los expresos se saca del bolsillo algún papel: una carta sin contestar, una octavilla de canalones galvanizados o un tique de la zona azul. Se saca el bolígrafo, un Bic que la escritura solo necesita tinta y se dice:

«La mañana llega de golpe y recordando culpas, inflexible y atronadora. Vital…» tal, tal, retal, metal, postal, total… Y nos asomamos por la ventanilla, el paisaje sin fin de la llanura acoquina y de todas maneras la cosa va deslavazada. Sigamos:

«En la casa de al lado, en la  higuera del patio, los pájaros berrean sin compasión. Una rama se mete en nuestra casa. En el Código Civil están bien desarrollados los asuntos de las vecindades y de los árboles que hay entre ellas, las ramas que saltan las medianerías, a quien corresponden los higos… el Código Civil es ecuánime y frío. Pero el orden moral de nuestro protagonista está por encima de codificaciones de leyes. Y la escopeta perfectamente engrasada y limpia».

El tren silba y de reojo nos miramos en el cristal de la ventana. Y le damos al vecino de la higuera algo más de vida. El agua de Solares solo sabe a agua. Parece como si a los cristales de las ventanas de los departamentos de los trenes expresos les complaciese hacernos mala cara.

—¿Vosotros sois de Tomelloso?  —pregunta un ferroviario franco de servicio, que viaja kilométrico mediante y que lleva una cruz latina, cuadrada y plateada en la solapa.

—De Tomelloso, sí señor.

—De donde volcaron el tren.

El tren para en Fuente la Higuera o en La Encina y el trenero nos cuenta que una quinta de tomelloseros iban en el tren (Cinco Casas-Tomelloso) a Ciudad Real, a alistarse, o recoger el petate, o a lo que fuese. Cuando pararon en Las Moyas, se embromaron y se pusieron todos a levantar el coche —era uno de esos trenes de un furgón— de un lado, hasta que lo volcaron. Y dieron la nombrada en el cuerpo de ferroviarios.

Estamos tentados de profundizar en el relato y matar al vecino del ficus. De un tiro en el pecho. Una muerte rotunda, propia de Cela o de Delibes. Una muerte de la España honda y negra. Partirle el alma al contrario de dos tiros en la tabla del pecho porque la rama de una higuera brinque la parcilla. Pronto pasará ese tiempo, el de los escopetazos por las lindes. Los asesinatos serán, aunque parezca mentira, en fríos pueblos nórdicos y descritos en novelas con nombres raros.

—¿De dónde eres soldadito?

—Soldadito lo será su señor padre.

El tren llega a Alicante. Nos bajamos. Huele a mar y humedad.

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