Soberbio “Concierto de Vendimia” de la Sinfónica Verum en Tomelloso

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Qué mejor que la música para cerrar una semana dedicada a la vid y a la vendimia de Bodegas Verum. El Teatro Municipal de Tomelloso acogió este domingo el soberbio Concierto de Vendimia de la Sinfónica Verum.  El público asistente —insistimos una vez más, no tanto como una formación de esa calidad se merece— disfrutó con dos joyas rusas, “El pájaro de fuego” de Stravinsky y la Sinfonía número 5 de Tchaikovsky, premiando a la Sinfoníca Verum y a su director, Miguel Romea, con una gran ovación.

Unas cuatrocientas personas acudieron este domingo al Teatro Municipal al tradicional “Concierto de Vendimia” con el que la Sinfónica Verum cerraba una semana dedicada a la vid y al vino. Y lo hizo con un programa de lujo, dos obras que, de la mano del virtuosismo de los músicos de la orquesta, nos metieron de lleno en lo mejor del sinfonismo ruso.

En la primera parte la Sinfónica Verum nos deleitó con “El pájaro de fuego” de Ígor Stravinsky.  Romea programó la Suite de 1919, la segunda de las tres que preparó el compositor después del ballet y, seguramente, la más interpretada. La Sinfónica Verum nos llevó, durante los apenas veinticinco minutos, de la obra por la presentación, danza y captura del pájaro de fuego, el baile de las princesas, la danza infernal del rey, su seducción por el pájaro de fuego y el final. Romea supo sacar toda la grandiosidad e intensidad de la obra, la idea de renovación del ave Fénix permanece durante toda la interpretación, envolviéndonos en la cortina musical de Stravinsky.

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Tras la pausa, el concierto siguió con la Sinfonía número 5 en mi menor, Op. 64 de Tchaikovsky. Una obra maestra para compensar un día gris, siendo generoso, como ha sido este domingo 1 de octubre. Pero, ya se sabe, la música puede con todo y la Verum nos llevó a través del conocido leitmotiv de la “quinta” por —como dijo Ernest Newman—“los ineluctables designios del Destino”.

Después del primer movimiento, donde queda definida esa frase musical que no nos va a dar tregua durante toda la obra, Romea y la Verum nos meten en el soberbio segundo movimiento. Lleno de contrastes, vivo, intenso, repleto de emociones y tensión, fue bien conducido por Romea. Tchaikovsky, con el tercero de los movimientos nos da una tregua. Un respiro, que hasta el director aprovecha,  se recrea, baja la guardia y dirige desenfadamente. Y todo estalla con el movimiento final, genial, bello, de un colorido inigualable que nos deja sin aliento. Toda la tensión contenida durante la obra explota en un momento irrepetible que Romea supo transmitir a la Sinfónica Verum.

Nos reponemos como podemos de ese final para, unidos al público, premiar a la Sinfónica Verum y a su director con una merecidísima ovación.

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