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Cuando me refiero al poder no pretendo hacerlo en la acepción de dominio o sometimiento de alguien sobre otros. En este sentido se  han igualado bastante los centenos aunque todavía existan muchas  diferencias pero “lo feudal” pasó a la historia. Quiero referirme al sentido que damos al poder como posibilidad de realizar algo, al poder  material  y físico del hombre. Al poder de su libertad.

A nadie se le escapa que hemos tenido mucha suerte con haber nacido en “este siglo”; no sabemos si los que nazcan más adelante tendrán la misma, peor o mejor suerte, eso está por ver, pero el nivel de salud y bienestar  que buena parte de la humanidad goza, la del primer mundo, no ha existido nunca en nuestra historia.

Este nivel de posibilidades que el hombre ha conseguido se debe a un importante avance tecnológico en todos los sectores de sus actividades y sobre manera en las ciencias positivas y  medicina. Y es que estamos en la era de lo puramente práctico y productivo, de lo útil con resultados inmediatos, de la consecución del premio ya, como queriendo hacer de nuestros días máquinas tragaperras, esa es la pseudofilosofia subyacente del hombre triunfador  actual.

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Estas conquistas han hecho que el hombre de hoy quede “ensimismado” con sus logros. Cuando cada mañana inicia la jornada seguro y decidido, dispuesto a comerse el mundo y a los demás si hace falta, convencido de que puede hacer cosas por difíciles que parezcan no hay norma que pueda con él;  cuando al final de la jornada regresa al lugar del que salió, se detiene ante el espejo y con un guiño se dice así mismo, “eres cojonudo tío”.

El hombre de hoy puede hacer y de hecho hace muchas cosas al cabo de la jornada, hace lo que su intelecto y las circunstancias le permiten hacer. Pretende hacer lo que quiere y en un alto porcentaje de casos lo consigue. Y no hace más cosas porque materialmente no puede hacerlas. No hay más tamices que filtrar ni más exámenes que superar, es la pura posibilidad material y física la que decide. Es el logro de su libertad, de la suficiencia personal.  Ahora bien, todo lo que alguien puede, quiere o bien le dejan hacer ¿debe hacerlo?  En esta dinámica  el individuo se topa necesariamente con las leyes que imperan en el momento,  muchas de ellas discutibles, cambiantes y salvables, pero en todo caso impuestas y a veces engorrosas  para cumplir sobre todo cuando recortan las querencias propias y es que al ser medidas ajenas al deseo individualidad, bien las criticamos, las ignoramos o bien pensamos que las leyes han sido hechas para los demás. Es ahí donde surge la siguiente cuestión; Nada que no nazca del convencimiento interior, de la ética de las ideas y del comportamiento podrá ser asumido públicamente.

¿Qué prevalece en nuestra conducta, en nuestros actos, lo que podemos, lo que nos dejan o lo que debemos hacer? Muchos de los problemas de comportamiento del hombre positivo, seguro de sí mismo son consecuencia de su autosuficiencia frente a lo legal y sobre todo ante lo ético. Poder, querer y deber, un trinomio que debería ser homogéneo pero en el que hoy creo que prevalecen  los dos primeros monomios, sin embargo es el tercero el que da sentido a nuestra relación con los demás, a lo público. Y es que el “deber hacer propio” tendría que coincidir con “el poder y querer hacer ajeno”. De lo contrario volveríamos a esa selva de la que intentamos huir, a la ley del más fuerte, pero no la del mejor.

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