Parecer mejor que ser, por Joaquín Patón Pardina


Cuentan que un fenómeno mental que puede acontecer a cualquier persona es confundir la realidad (o lo que la  mente humana concibe como realidad) con la ficción o la imaginación calenturienta, donde se nos presenta lo ficticio como  real. Famoso y conocido de todos es el caso del “Caballero Andante” que situaba en el lugar de  la realidad  lo que su mente le producía.

Este “fenómeno” hace que el sujeto que lo padece sea llevado de inmediato al neurólogo, porque sufre  una disfunción entre lo que es y  las apariencias o lo que él cree que es.

Sin embargo admitimos como normal,  es decir, no ponemos objeción alguna cuando en la narración de una fábula disfrutamos de los diálogos y razonamiento de los animales protagonistas, porque entendemos que son figuras para una posterior lección de comportamiento o de aprendizaje, o sea, una moraleja.

Un paso más. También aceptamos sin rechistar afirmaciones en las que se nos confunde el “ser” con el “ser como”,  “parecer”,  “asemejarse”…, lo cual dentro de una sana filosofía aunque sea “filosofía parda “conlleva una cierta contradicción,  cuando no un absurdo irracional.

Es cierto que al entablar un diálogo, nuestro cerebro no se queda en las palabras que oye, sino que también tiene en cuenta el entorno comunicativo y la intencionalidad del que emite el mensaje. Por ejemplo si decimos: “Este niño es un sol”, no entendemos que el niño mencionado sea una estrella celeste que alumbra a sus planetas, sometiéndose  a las leyes del universo. Lo que en realidad comprendemos es la intencionalidad del que habla y al instante interpretamos, que el susodicho niño es una persona poseedora de numerosas cualidades muy  valoradas para el que está emitiendo tal frase.

Sin embargo cuando con las premisas citadas me introduzco en alguna religión,  incluida la cristiana, veo que hay frases,  incluso afirmaciones que al tomarlas al pié de la letra, como es costumbre; sin pararnos a pensar, como también es costumbre, pueden arrastrarnos a afirmaciones disparatadas.

Por ejemplo: El domingo pasado el evangelio nos hablaba del “Buen Pastor”. Jesucristo hablaba a sus escuchantes y les decía que su trato a las personas era desde el amor y el servicio y para ello toma la imagen de un pastor de ovejas, el cual las lleva a buenos pastos, se preocupa porque estén bien, cuida de todas y cada una; si una se pierde recorre las sendas que hagan falta hasta que la encuentra, etc. etc. También nos hablaba de la puerta por la que entra el pastor celoso de sus ovejas; de los que no son buenos pastores, etc.

Otro ejemplo: “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Jn. 15,5). Es lógico entender que está usando comparaciones para hacerse comprender por los que oyen, puesto que éstos entienden de vides y de las labores pertinentes.

Esto en clave de comparación y metáfora es muy elocuente y el contenido comprensible y totalmente aceptable. Insisto en clave interpretativa.

Cuando ya no encaja es cuando identificamos a Jesucristo con un pastor y decimos Jesucristo ES el Buen Pastor. ¿No deberíamos decir Jesucristo SE PARECE a un Buen Pastor?. Y por conclusión los que seguimos (o intentamos seguir a Jesucristo) ¿somos ovejas? Yo la verdad es que no me veo como tal de la misma manera que el resto de personas que tengo a mi alrededor tampoco las reconocemos entre el perfil de las ovejas.

Distinto será si dentro de la comparación, de la parábola yo REPRESENTO el papel de oveja.

Por lo tanto no es lo mismo SER que REPRESENTAR. Son muy distintas la identificación y la metáfora de algo.

El caso es que como ya estamos acostumbrados, nos parece normal que un obispo diga que ES el PASTOR de la Diócesis y hasta incluso lo entendemos si hacemos un esfuerzo. Pero la verdad es que hoy por hoy los obispos no se parecen demasiado a los pastores. Por lo menos no a los que yo conozco.

En las expresiones lingüísticas que usamos, para los diversos contenidos de la fe, que profesamos, a base de utilizar comparaciones o incluso analogías podemos caer anacronismos, que con la costumbre, se nos quedan en expresiones que nada tiene que ver con el auténtico contenido de fe.

Por lo tanto deberíamos poner mucho cuidado con identificar  lo que es puramente metafórico con lo que es real. So pena de contraditio in terminis.

Estos ejemplos que he tratado son  evidentes e incluso casuísticos. Lo más peligroso acontece cuando tratamos los contenidos de dogmas y verdades de fe expresados con un lenguaje y una cultura determinados propios de tiempos pasados.

Pero esto ya será contenido de otras reflexiones…

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